jueves, 26 de febrero de 2015

Taller Literario (artículo nº 12) Creadores versus consumidores




En este mundo que nos toca hay toda suerte de especies humanas. Afortunadamente…

En el plano que me ataña, se distinguen dos grandes grupos que podría calificar de creadores y consumidores (de lo creado, se entiende). Obviamente, entrar en absurdos de si mejores o peores no tiene cabida. Son, y eso es suficiente. Eso sí, cada cual tiene su finalidad en un mundo social. Quizá, unos disparatan lo que sucede y otros contienen lo sucedido. Quizá podría calificarse así. En tal caso, parece que siguiendo este derrotero tenemos que empezar a hablar de cultura estancada o cultura dinámica (y no estoy llamando ignorante a nadie).

Las culturas estancadas no tienen ideas. Eso sí, suelen tener un profundo ideario, seguramente difícilmente removible.

Las culturas dinámicas son otra cosa, y eso cambia el mundo. Para bien o para mal ya sería hablar de otra cosa, pero aquí voy a referirse solo a las ideas de tipo creativo.

He observado a la gente y veo que, por solitario, algunas personas sueñan (o desvarían) mucho más que otras. Del lado menos “evolutivo”, algunas otras necesitan desesperadamente (a menudo calmosamente) entretenimientos ajenos para sintetizar una parte de su existencia. En esto podríamos hablar… por ejemplo, de cierta parte de los seguidores del fútbol que, obviamente, no tienen la física elemental para jugar ese deporte pero se desviven por él. Otras personas requieren de los chimes de la tele para tener vida privada, unos tantos viven vidas preprogramadas en el gen cultural que les toca y se apiñan en hordas familiares a punta de bayoneta del qué dirán, mientras sumamos a todo ello a quienes no tendrían la suficiente visión como para pensar otra manera de prepararse un bocadillo de salchichas… pero claro, alguien tuvo que inventar el perrito caliente.

Sí, hay gente con chinches en la cabeza. Y quizá no es la suya una especie cuantitativamente dominante, pero sí que es cierto que ésta va moldeando la sociedad con la misma cadencia con la que el mar esculpe un acantilado: lenta, pero indefinidamente.

Y, ¿cómo sabes si eres una de estas personas?

Pues… no solo abarcas los problemas e inquietudes de hombres y mujeres. Vas un paso más allá. Sospechas la dimensión del universo y quisieras poder abarcarla, te gustaría comprar entradas para El Coliseo dos mil años atrás, subirte al último prototipo de avión supersónico… y haberlo dibujado en la mesa de planos, o en una servilleta. Qué sé yo… tomar un café con un extraterrestre, y hasta que el café lo traiga él de su propio planeta.

Lo cierto es que todo esto que nos rodea no existía antes. Todo lo ha pensado alguien.

Aleluya.

Y ahora, ya por mojarme de una vez y apuntarme a uno de esos dos grupos (creadores versus consumidores), ya de niños mis hermanos y yo nos inventábamos nuestros propios juegos de tablero porque el panorama al respecto se nos quedaba corto y no era plan de esperar una noche de reyes tras otra. De ahí saltábamos a los cómics, y hasta hicimos películas. Siempre algo… siempre desvariando. Quizá musarañas, pero por algo se empieza.

…Hoy veo que los críos necesitan, casi como única opción para el entretenimiento, de las soluciones ya rodadas de un videojuego. Y no voy a criticar el material virtual porque son parte del proceso cultural de nuestro mundo, y aquí no hay peros, solo que añado que tengo la impotente sensación de que nuestros hijos se aburren una barbaridad si no disponen de una pantalla entre manos. Aún mis críos se emocionan cuando les invento un juego al papel, porque a ellos les llega el momento (muy pronto) de que si les resto pantalla y los dejo a otros albedríos, al cabo me dan vueltas y no se les ocurre nada “para consumir”.

Entretanto, la especie de los creativos mueve la rodadura cultural y llenan las ambiciones de quienes no lo tienen tan fácil a la hora de sacar sustancia donde antes solo hubo vacío. Y así siguen brincando mis hijos, cuando les enseño a jugar con mis charlatanerías juntando piezas del Monopoly con el ajedrez, y todo lo que haya a mano en casa para reinventar lo que otros ya pensaron. Es muy emocionante ver sus expresiones.

…Y aquí, y ahora, desvelo sin más titubeos uno de los secretos del combustible humano que mueve a los creadores a la hora de desenrollar sus meollos. Porque muchos se van a acordar, de anticipado, de la gran industria del entretenimiento, la que suena a dólares y a manipulación de masas a la hora de definirles las preferencias, y que igual nos mata que nos resucita a Superman vistas a la recaudación. Una cosa por la otra, y yo digo que eso pasa a un estrato relativo cuando cito que a muchos soñadores nos mueve una ansiedad desesperante de compartir lo creado, de beneficiarnos mutuamente con los no creadores en una simbiosis casi perfecta de entrega y recibo.

Qué duda cabe el ya revelado factor económico. Habría que ser un hipócrita para no citarlo (sobretodo si nos olvidamos de los malditos billetes y nos acordamos de cuánto nos apaleó la última factura del taller). Sin embargo, ya he dicho que los creadores somos charlatanes del todo y de la nada, y que una forma de “cobrar” por nuestro trabajo es recibir la aceptación de quienes consumen nuestras cosas. Y esto no es demagógico, es pura necesidad de creador. Habrá quien pueda ganar dinero con su basura preconcebida y duerme a pierna suelta, pero otros somos los que quisiéramos vivir una realidad algo más honorable y vivir de nuestras ilusiones empachando de aceptación a los demás.

…Seguramente sería mucho más difícil encontrar ese tipo de satisfacción si todo el mundo fuese creativo. Hay diligencias narcisistas entre colegas que llaman justamente a arrumbar la competencia… y son precisamente los que “no saben”, ese tipo de gente a la que se puede sorprender con lo creado. De buena fe. Me muero de enseñar a jugar a mis hijos porque me sorprende la facilidad con que “me aceptan”, y es obvio que no pretendo que ellos me compren nada. Del otro lado, la aceptación del público no tiene precio (aunque el material cultural se pague) y así entramos en una dinámica maravillosa en la que, al final, pasa que cuando alguien va al cine a ver una película, al tanto que no se le está vendiendo tanto ocio como acaso él está comprando cultura. Es… como ir a clase, más o menos, sobretodo si la película es histórica. Casi como pagar unas clases de inglés.

Pasado al papel esto es exactamente lo mismo, y si lo llevamos a la vida cotidiana pura y dura, por fortuna hubo alguien creativo/curioso que inventó un microscopio para curiosear el mundo diminuto, alcanzando de paso cotas más que beneficiosas para la salud de todos a la hora de ponernos en bandeja tantos porqués. En otros planos, alguien dejó de pensar como el resto y propuso que los niños no debían trabajar o que los animales sienten el mismo dolor que nosotros, y aquí entramos en la llamada cultura dinámica, llena de creadores del todo y de la nada que, poco a poco, van cambiando el mundo tan legítimamente como el mono aquel que un día usó una piedra para cascar unas nueces… y que, visto lo visto, los que le observaban no solo terminaron aprendiendo que ellos también podían cascas nueces… sino que pequeñas cosas, pequeñas ideas, cambian definitivamente un mundo entero.

domingo, 15 de febrero de 2015

Taller Literario (artículo nº 11) Cincuenta sombras de Grey


San Valentín erótico
 


No recuerdo una ocasión semejante para el desboque de pareja, que este San Valentín superlativo y extramotivado por un título literario, reconvertido ahora en una película que promete grandes pasiones… y decepciones.

Y nunca un libro “que sugiere” se convirtió de forma tan tajante en un auténtico manual de prácticas de pareja. Tanto así, que esta historia, Cincuenta sombras de Grey, ha debido de remover no solo el mercado de la superchería erótica, sino el de los somieres de medio mundo. Incluso algún aprieto a lo que se antoja un marido común y corriente que ahora debe vérselas de ataduras y antifaces donde antes solo hubo apagón y meneo.

Del mismo tirón, aquí estamos los mediocres sin fortuna tirando de MetaTags al caso para comer cuota de mercado de todo lo que no hemos escrito, y encima a la sazón de lo que las lectoras y lectores de este espécimen quieren devorar de todos los medios, desde el impreso al digital. Parece un todo que ha conseguido infectar a las masas de ese virus natural que llevamos dentro las personas, que no es otra cosa que la picardía sexual.

Bienvenido sea, desde luego. Del otro lado queda la práctica unanimidad de los blogueros de calificar la obra de mediocremente escrita. Ojos en blanco y sonrojeces a tutiplén, cejas con vida propia, un labio propio a prueba de masticaduras… Haber inventado algún que otro recurso, fuera de la diosa que hay en mí… A esta condición, solo achacar que haber introducido un medio de expresión más elaborado y sorpresivo al lector, cogerlo despistado y no “familiarizado” con lo que ya está leyendo, hubiera supuesto seguramente haber multiplicado por dos las sensaciones que transmite el libro, que son muchas; he leído u oído de viva voz de muchos y muchas que se lo leyeron en una madrugada, prácticamente, fortuna que luego fue menguando con el hartazgo de una historia que, según dicen, fue perdiendo fuelle en las otras dos entregas.

Nos pique o no al resto la sana e insana envidia que esto provoca, 50 sombras “ha jodido” el mercado con esa fórmula secreta que parece tirar de ansiedades más que de modas. He leído prácticamente la mitad del primer libro (no necesité más), y no sé realmente qué es lo que ofrece… pero sí sé qué es lo que extrae el lector de sus páginas. Y con mi relativa “chulería” de no necesitar de este documento casi de sección de autoayuda (que seguramente un algo o un mucho podría aprender), no quiero decir que tenga superadas todas las facetas humanas de dormitorio, sino que se huele de los malpensados que quizá el volumen tire del desencanto social de cierto cincuenta por ciento de cada pareja para ensoñar esa fantasía que los decepcionados buscan hasta en las musarañas. Porque, si todo el mundo estuviera sexualmente en su sitio y ya saciado, esto solo sería regodeo y redundancia (gula sexual) de algo que está más que superado. En resumen, no hubiera vendido tanto.

Todo esto desde la grada, claro está. Los que no estamos enganchados a él, presuponemos ese eslogan de porno de amas de casa que tanto se ha explotado para referir este título, mientras que algo más habrá cuando este ejemplar toma caracteres de compostura bíblica para algunos, como libro sagrado, y noto que quienes lo critican en círculos sociales y reuniones de amigos se encuentran una oposición de fieles muy activos y hasta guerrilleros. Se les estará tocando las ilusiones, quizá, o, lo que es peor aún, el entre y bajo carnal.

Pero, ¿y si la historia no es esa? ¿Y si esto no es solo sexo?

…Espero que no sea la iniciación de una chica inocente, seguramente tirando a estúpida, que termina siendo maniatada de su identidad y llevada de la sumisión divertida (la de la cama) a la de la opresión que hoy, ya enseñaditos como estamos (y hasta hartos), llamamos pre-violencia de género. Porque, del otro lado, espero que asimismo no sea que hay en sus páginas todo un prettywomaniano y joven de corbata y negocios, en este caso no tan formal y hasta insoportable (lo que los de mi quinta llamábamos fantasma y ahora se tilda de postureo), con manía persecutoria y, lo dicho, el acto y el germen de esos controladores celosos que llevan la infelicidad a tantas parejas desequilibradas precisamente por los desequilibrios de un desequilibrado (y aquí es más que obvio que no me refiero a las tendencias sexuales, claro está, pues para mi, éstas u otras, no son nada criticables).

Y ojalá, y lo digo en serio, que el tirón no se deba (al menos para la autoridad femenina) a la todavía pleitesía y adoración de un varón en una escala social superior al de la pretendienta y la consecuente abrumación por un despliegue económico que antes era de cuento de hadas, pero que hoy día se enfrenta a las ansias de la mujer actual por poseer y desplegar sus propios recursos. Es decir, no creo que el hombre sueñe de una mujer con millones y directora de una gran corporación (rascacielos incluido) …pero, claro, del otro lado, en la derrota romántica estamos ya hasta quemados de que la imagen más confusamente atractiva de un guapetón de cine sea verlo arreglar el carburador de su coche, descuidado de primeras barbas, en camisilla y sudado… a cuenta de que, al hombre, seguramente le cueste más encontrar ese amor a primera vista si se topa a la mujer desarreglada de mañanas, en bata, con rulos y encima fregando los platos.

Somos diferentes, eso está claro, y puede que me cueste encontrar los motivos que han arrancado tantas y tantas entrañas. Lo que quiera que sea, supone seguramente que la gente ha sacado más de sus páginas que sus productores los petrodólares, ahora que el género se sale de la lógica y se parodia a sí mismo en la desconcertante colección de ruborizantes imitadores.

Como quiera que sea, no somos correctores ortográficos o voluntarios de asilo, y leemos aquello que nos identifica o intriga. En ello es obvio que el lector de este libro no buscó la forma, sino el contenido. Sean o no sosas las escenas de cama (sean incluso inocentes), el principio humano al respecto solo objetó una necesidad para desbocar del mercado lo que quiso, arrancándolo de las librerías en un período de celo que ya quisieran para sí muchas especies.

Y así concluyo, fuera de generosas y confusas explicaciones de los sociólogos sobre el fenómeno, y es que… bah, seguro que es solo sexo. ¿Qué mayor motivo para mover el mundo? sabido ya que el sexo siempre ha sido uno de sus más activos engranajes.

jueves, 12 de febrero de 2015

Taller Literario (artículo nº 10) La imagen y el origen del autor

 
 La imagen y el origen del autor





Afortunadamente, no solo ha cambiado la eterna imagen del autor, sino sus orígenes.

Supongo que ambas cosas están íntimamente ligadas, si bien ahora parece sospechoso que cierta gente que aparentemente no sabe de letras se esté comiendo el mercado.

Bah, no creo que ni los entendidos entiendan de letras. Imagino que, a veces con motivos, señalarán que el mercado no sabe realmente lo que consume y, estos viejos hacedores de la literatura, se frotarán los ojos viendo que, hoy día, trasciende (y de qué manera) que haya “amas de casa” escribiendo (y triunfando… y a qué nivel… y no me cansaré de decirlo) para vender cantidades sobrecogedoras de sus trabajos mientras que la forma de hacer libro de toda la vida, la de autores “de carrera”, se vaya apagando poco a poco.

Obviamente, y seguramente me repito, habrá quien pueda justificarlo alegando que el lector tipo actual es tan dependiente de las campañas de marketing, trata de un intelectual tan limitado, que hoy día puede venderse cualquier cosa. Y no añadiré de mi puño y letra (aunque así lo escriba) lo que opinan muchos de estos nuevos lectores, sobretodo los más jóvenes: del otro lado, gracias a la “carne fresca” la literatura no tiene que ceñirse a algunos verdaderos bodrios de antaño (que nadie se escandalice, dicen algunos, no todos).

Pues… ¿saben una cosa? me alegro mucho. La literatura está hoy día mucho más democratizada que antes. Nunca fue exclusiva de nadie, desde luego, pero, si ya cité en algún artículo anterior que nunca hubo tanta gente escribiendo como ahora, los “intrusos” al caso son los que se están comiendo el pastel. Legítimamente o no es otro cantar, y, antes de marear al lector de este texto con p´lantes y p´atrás de este tipo, me mojo diciendo que al fin ya hay literatura para todos los niveles, que quizá era de lo que siempre cojeaba el mercado cara a hacerlo atractivo a las masas.

¿Hablamos, pues, de un mercado realmente poco exigente con lo que consume?

No lo sé. La cultura y el conocimiento nunca han estado tan a la mano de la gente de a pie, y nunca hubo semejante volumen de gente estudiada… por lo que, en teoría, el lector actual debería saber lo que elige para leer. …Otra cosa es que este lector sea maliciosamente intencionado con tretas absolutamente desligadas de la literatura en sí. En este particular aparece la imagen del autor, que a menudo tiene tanto más que ver con lo que escribe que las portadas de cubierta de sus trabajos.

…Ya conocemos a los viejos dinosaurios. Muchos los han temido, en especial, durante el bachillerato. Y aún quedan, sobrios y malhumorados por naturaleza, para hacernos saber de un mero vistazo a sus caras que su literatura tiene la usanza de las verdaderas raíces de lo que es escribir. Incluso, así la especie ya podemos adivinar el género y el manejo de lo que nos espera al leer sobre las Fortunatas y Jacintas de estos caballeros.

También estamos al día de que boinas, bufandas y gafas de hueso (algo de moda actual de Pub y tapas, museo y jazz) merecen el aspecto bohemio necesario para que talentos de mediana edad supongan un texto enriquecido de temas de hoy, entre tendencias y acción en ciudades de estilo. Piercings, “tatus”, extravagantes y “otros rollos” suponen, quizá, un soplo de aire fresco sobre más de lo mismo. Esto último, teniendo, a mi parecer, un exponente digno de mención en Donna Tartt, una escritora estadounidense, mujer vestida de corbata y pelo corto, que envuelve sus obras de una atmósfera de secretismo, rareza y exclusividad, y de una puesta en escena seguramente mucho más trabajada que, al menos, la última de sus obras. Doy fe.

Y, claro está, ahora mismo rompe moldes (y lo digo con todos los respetos de un trabajo bien sufrido) la imagen fresca y natural de esas “amas de casa” que para acreditarse no necesitan posar con inquietudes intelectuales, con esa mano en la barbilla que haga entender que el autor que acabas de comprar tiene algo muy repensado entre manos, algo muy profundo… que sabe lo que hace y que, por descontado, es más listo que tú.

…Los autores de libros infantiles tienen que ser bonachones. Parece lógico. No colarían ni un Umbral ni un Cela escribiendo sobre princesitas (al menos no de las apropiadas), teniendo en cuenta la celosa custodia sobre psicología de los padres al uso de la tesitura de elegir lo mejor para sus críos. Uno de novelas de terror debe dar miedo… Si la mujer escribe “liberalidades”, que parezca cachonda… o muy seria y elegante, que el mundo sofisticado también se alimenta de las “salvajadas” más humanas.

…De famosillos (no famosos) ni hablamos porque, aunque lo suyo no deja de ser algún grado de literatura (si es que la letra fue escrita por quien se vende… que no por quien se debe), ya podemos presuponer que esto no es gen literario, a sabiendas que en este caso los huevos fueron antes que la gallina.

Como quiera que sea, el lector es soberano y ya podemos especular todo lo que se quiera sobre cuánto de novelista tiene realmente un autor, como cuánto de producto se esconde en su trabajo y en sus pintas, que son el complemento ideal para vender por los ojos del cliente antes incluso de que éstos pasen a las páginas. Otro tanto, y para enredar con más variables esta trama, serían la trayectoria y la fidelidad de los incondicionales (sirva o no sirva ya como valor literario lo que se adquiere) de modas al uso, ideologías y otras maquinaciones a menudo tan superficiales. Al tanto, leer se vende casi tanto como se lee, y es más que probable que un libro de aspecto soso, y de un autor con una pinta que nos genere rechazo, quede acumulando polvo en el expositor de la librería mientras los que ven mundo son esas creaciones vendidas como pavorreales.   

¿La solución? Pues… un estudio de imagen en los términos y condiciones empresariales con los que se globaliza lo más posible este mundo, dentro de sus muchas diferencias, y ya restar y sumar sobre dividendos lo que la calidad literaria del autor no puede ganarse a pulso. ¿Denigrante? Puede… pero es ley: según dicen, vale más una imagen que mil palabras.

 

 

miércoles, 28 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 8) Errores de contenido


Errores de contenido

 


Ya sabemos que una historia puede contarse de mil maneras distintas. Esto quiere decir que podemos contar lo mismo dos veces, pero que podemos variar el recurso constructivo de nuestra novela para enfocar de distinta manera esa misma trama y disponer así de dos novelas plenamente legítimas. Es decir, podemos contar el descubrimiento de América desde la personalidad de Cristóbal Colón, a través de su tripulación, desde el punto de vista de un polizón que ni siquiera la historia ha descubierto todavía… y hasta desde la perspectiva de los ociosos moradores de una nave extraterrestre que siguen con mofa y sorpresa las moralejas de los pasos de La Humanidad.

Eso no se toca. Es legitimidad de autor.

Luego está el estilo del novelista. Sencillo, farragoso, retorcido, vulgar, culto o cultísimo hasta aburrir… Este terreno es un poco más pantanoso, porque si bien la perspectiva con la que enfocamos la historia dice mucho del escritor, ya su calidad literaria depende directamente de cómo salga él solito de este mismo atolladero.

Hasta ahí, espero, nos ubicamos en el territorio de los gustos literarios de cada cual. No somos todos la misma pieza humana, por lo que lo que a unos nos gusta a otros nos horroriza (La Pinta, La Niña y La Santa María vistas desde el espacio… menuda estupidez). Con esto, queda claro que toda obra posee un margen de “acierto” y otro margen de “error”; 50% para cada vertiente (respecto a éxito o fracaso) es más que aceptable. A medio mundo le gustará tu estilo, y a la otra mitad le parecerá pésimo. Conseguir esto mismo es un buen balance y ya sabemos de novelas “insoportables” (la saga Crepúsculo, por ejemplo) que son grandes trabajos, y obras magníficas (Harry Potter) que se saltan todas las expectativas para casi conseguir la unanimidad.

Ahora bien, todo esto que queda atrás en estos primeros párrafos de este artículo, desde luego, son conceptos básicos literarios que se pueden discutir, pero que forman parte de lo correcto en toda novela; no porque no nos guste un libro quiere decir que sea papel mojado. Por tanto, el autor no falla, sino que disentimos con él… o con sus métodos, mejor dicho.

…Hasta aquí, todo consecuente. Lo que viene ahora forma ya parte de un fracaso del que el autor no puede escapar. No hay excusa, y es cuando el que escribe debe entonar el mea culpa y sacar su lado más humilde. Hablo, ni más ni menos, que de los errores de veracidad en una novela. Porque hay datos que no son propios ni del autor ni de su propia perspectiva, sino que forman parte de una barrera indestructible que no admite alteraciones.

Y por primera vez, y para ilustrar este artículo, voy a hacer algo para lo que no me siento legítimamente formado/reconocido como autor, que es usar la novela de otro escritor para dar nota de ejemplo de este tipo de falla. Y lo hago así porque, hasta que otro escritor o crítico encuentre en mis escritos un error del mismo calibre (que podría haberlo/s), tendré que “conformarme” con hacer referencia al autor Juan Manuel de Prada y su novela La Vida Invisible.

Hombre... “haberlos”… Haría falta mucho para igualar un error de la talla que voy a citar. En cuestión, en la novela se habla del magnicidio de John F. Kennedy en la ciudad de Dallas. Todos hemos visto esas imágenes; Kennedy y su esposa, Jacqueline, en un descapotable propicio para este tipo de brutal atentado. Hemos visto los tiros, la desesperación, La Historia en toda su magnitud… Pues bien, el señor Juan Manuel de Prada comete un error insostenible que los autores debemos eludir a toda costa, y es el de añadir detalles puntuales de un hecho más que contrastado cuando ocurre que no está seguro de que sean ciertos. Igual al autor le parecen todos los autos iguales (razón de más para evitar entrar en detalles), pero, en tal caso, hubiese salido al paso con, simplemente, citar que el señor Kennedy fue asesinado cuando viajaba en una limusina descapotable… pero, ¿¡en un Rolls Royce!?

En mi haber puedo no entender de moda, pero no me atrevería a escribir de Prada donde va un Louis Vuitton. Tampoco puedo decir que los taxis de Manhattan son verdes, o que el Golden Gate está en Los Ángeles; todo esto entraría en una historia de evidente corte alternativo a la realidad. Pero, si nos ceñimos a ella, en torno al coche de Kennedy hay una indestructible cohesión entre el personaje y el automóvil que lo acogió morir. Y no es un Rolls… es un Lincoln. Y es el Lincoln de Kennedy. De hecho, en los anuncios de coches de segunda mano, evidentemente en la rama del auto de colección, suele acompañarse la palabra Lincoln de la de Kennedy (the car of Kennedy, o algo así). Citar lo contrario sería como decir que el avión del presidente de Los Estados Unidos es un Airbus (cuando es un Boeing) o que Apple vende aspiradoras (quizá… tiempo al tiempo).

Lo que sí está claro es que, partiendo desde la premisa de que ningún presidente americano ha usado nunca como coche presidencial un auto extranjero (que para eso su industria de lujo está más que servida), esta cita tan arriesgada en el libro de este autor es un desliz enorme, máxime teniendo en cuenta que la novela contó con un curtido equipo humano que la desvistió una y otra vez en sus entresijos antes de ganar El Premio Primavera de Novela.

Esto, queridos autores, puede soslayarse. Así como hay mil maneras de contar la misma historia, hay mil maneras de pasar por alto detalles más que discutibles (y hasta vergonzosamente erróneos) siendo igualmente precisos en la historia. Sabemos que el auto era negro, enorme, descapotable… A menudo sobra decir más.

 

“…Y el presidente Kennedy, entre una nube de confeti, cruzaba en su Toyota Prius descapotable la avenida Roosevelt de Chicago cuando, de repente, se oyó un disparo. Luego otro, y un tercero, y entonces todo el mundo supo que La Historia había sufrido un nuevo revés con el bramido inconforme e inconfundible de las balas de un Kaláshnikov.”

 

 

sábado, 24 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 7) El talento


El talento

 


Jamás me atrevería a sugerir que, literariamente hablando, tengo el talento de mi mano. Espero no caer en ese absurdo; llegado el caso, es la gente la que debe decir eso, no yo.

Harina de otro costal sería hablar de predisposición, tendencia, atracción… aunque luego, a base de escribir páginas y más páginas, termines por ni hallarle el instinto literario a tu ADN.

Por ahora, comienzo este artículo diciendo que nadie le quite al que escribe todo eso, sus ánimos por las letras. Ya germinará el resultado de años en blanco, en gris o en negro, guste o no guste a los que deben decidir quién tiene talento y quién no. Porque, si bien es cierto que la calidad es subjetiva, la cantidad sí que puede medirse y hay gente con un ánimo infinito por comunicarse, hágase bien o hágase mal.

Eso, evidentemente, no es talento. Es una virtud diferente. Entretanto, y sin reivindicarme en nada, siguiendo en la línea de los que nacen con la predisposición hacia una materia determinada, me he sorprendido una y mil veces viendo documentales biográficos sobre toda suerte de actores, cómicos y cantantes para descubrir que, en su tierna niñez, quien no se enrolaba en las funciones de teatro del colegio, acaso alegraba las fiestas familiares con sus gracias o ya cantaba en la ducha. No sé si eso es talento o no, pero seguro que sí que es una predisposición natural.

En ese momento, justo en ese momento, y sin llegar a hablar de talento, es cuando recuerdo que de los deberes escolares solía olvidarme de muchos, pero seguro que llevaba a clase al día siguiente, con una orgullosa sonrisa en los labios, todas y cada una de tantas y cuantas redacciones hiciesen falta.

Sigue sin ser talento, pero sí que es predisposición. Aún gustaba de mecanografiarle a mi padre los presupuestos de su trabajo, y, después de teclear mis primeras aventuras en una máquina de escribir mecánica, llevado por ese instinto de charlatán de letras adquirí de mis propios medios, ya en la adolescencia, una de las primeras máquinas de escribir cargaditas de electrónica que me permitía indagar los resultados de lo escrito, previamente al papel, en una pequeña pantalla digital.

Mucho ha llovido desde entonces, y puede que aún no haya despertado mi comunión con la letra… como seguramente no haya enlazado el vínculo más importante, el del lector. Porque, hoy por hoy, sin menospreciar el trabajo de nadie y a sabiendas que seguramente el mío aqueja sus muchos errores, me sorprendo que el talento y el éxito no siempre están de la mano… o acaso me equivoco y el talento no tiene nada que ver con la forma de expresar ideas, sino en las ideas en sí.

No soy quién para criticar el trabajo ajeno, máxime cuando el mío palidece de soledad, pero a menudo me doy con la palma en la frente viendo que algunos textos más que venerados enredan toda clase de… de… me cuesta decirlo, pero hay que hacerlo: de mediocridad. No sé si me meto en aguas pantanosas, pero no sé definir si acaso el lector de hoy es menos exigente que el de antes, o las ideas que se transmiten actualmente a través de textos más que rudimentarios son tan geniales que no precisan de un soporte respetable.

Quizá el talento resida en eso, en “conectar”. Solo conectar, tal vez. Hay escritores que pueden centrifugarse los sesos, activar todos los resortes de sus mejores recursos y apelar a la inventiva lingüística más extrema describiendo de arriba abajo la trama más ingobernable… que luego vendrá un pimpollo o una pimpolla con “cuatro letras” que se lleve el gato al agua con una historia que, simplemente, “conecta”. Es así, y ahora mismo no tengo una definición exacta para lo que significa la palabra talento.

Sí sé (o intuyo saber) qué es un producto… una bazofia, una obra maestra o un espejismo, pero lo que sí tengo claro es que nadie se pone de acuerdo dónde se encuentra el talento hasta que la masa humana, las circunstancias, la suerte o vaya uno a saber qué conjugan un todo entre letra y persona, que termina siendo todos esos referentes que los que andamos sobrados de predisposición (sirvamos o no) perseguimos con humildad desde los primeros peldaños del camino hacia el talento: la paciencia delante nuestra siempre misteriosa hoja en blanco.

miércoles, 14 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 6) La “re-culturización” social


La “re-culturización” social
 
 

En cierta ocasión, un gran autor como lo es Arturo Pérez Reverte alegó de cierta España inculta alejada de las letras. Esto es una queja lógica, que al cabo viene a ser tan racional como si un empresario tabaquero se queja de que los españoles no fuman lo suficiente.

Hoy por hoy, en cambio, en este país que se publica más que se vende, sucede que la lectura, que no la literatura, ha tomado otros derroteros bien distintos a la utopía latina que propone el señor Pérez Reverte. Hoy se escribe mucho más que “se lee”… aunque es obvio que, a tenor de la trama que me traigo entre manos en este artículo, por ende se lee tanto como lo que es escrito. Hablo, ni más ni menos, de la intensiva acción de escritura que recae en nuestra nueva sociedad. Y no para libros y aventuras, dramas y epopeyas… sino para comunicarse. Hablo, pues, de la telefonía móvil.

¿Quién iba a creerse, solo diez años atrás, que la gente escribiría incluso al volante de sus automóviles?

¿Escribir…? ¿Es que estamos locos?

Y, aunque todo esto parezca irracional, tiene “sentido”. Las especies evolucionan dependiendo de las condiciones del medio en que se desenvuelven. Así pues, primero todos hablábamos no sé cuántos minutos de tarifa fija, luego enviábamos mensajes SMS hasta que éstos se extinguieron con la llegada del WhatsApp. Hoy, España está llena de “escritores”… o quizá tele-operadores o mecanógrafos autodidactas con virtudes más que sorprendentes; los he visto escribir a unas pulsaciones por minuto de infarto.

…Otro cantar es el contenido de lo que se escribe. Teniendo en cuenta que es mejor esto que nada, a menudo titubeo con cierta picaresca cuando alguno de mis hijos o mi mujer me tientan la corrección puntual de alguna palabreja de sus mensajes de WhatsApp  (no vayan a hacer el “ridículo”), a lo que a menudo quiero responder algo así como “depende… depende del destinatario”. Y que nadie se engañe. Tampoco hay que escribir estos mensajes de amigos y familia como en un examen para filólogos. A mí me sobra con que la gente haya vuelto a las letras, algo que, ya digo, hace no mucho tiempo era algo realmente impensable, cuando pensábamos que, en el futuro, nos “escribiríamos” con mensajes visuales directamente grabados con la cámara de nuestro reloj.

Y entretanto supongo que tanto texto es más bien baldío (y respetando todos los niveles “literarios”, aunque sea entre risas y bromas), sirva al menos este gesto de rompededos y quiebracuellos de sala de espera y autobús para que la gente esté en contacto con el abecedario, a pesar de que me choque que amigos que ya tenía en el olvido me enloquezcan a mensajitos de WhatsApp solo por la novedad de que hacerlo sale gratis (en la apetencia de que todo consumo de la red está infinitamente incluido en sus tarifas de pago). …Luego lo mejor de estas redes de comunicación son los refraneros, noticias y citas que suponen cierta vuelta a “la vieja escuela”, quizá más la atención al material informativo para quienes solo miraban el periódico para ver los resultados de la quiniela.

Vista esta nueva revolución cultural, cito que hasta de los bajos fondos sociales aparece gente con talento, y ya me dirijo a estos raperos que, al menos, riman y a menudo con tanto acierto como quienes se creen poetas consumados. También algo es algo y que sean bienvenidos. Quién sabe, porque el mundo gira y nadie es capaz de predecir qué nos va a deparar la próxima década, sea que la gente se aficione a la moda de hablar como Cyrano de Bergerac y más de un autor termine deseando que su sociedad vuelva a sus tan criticados orígenes, a esa plebe humana que escribía las b con v y viceversa.

No sé… No sé si en España se lee mucho… pero se escribe una barbaridad.

viernes, 9 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 5) La literatura y la política


La literatura y la política

 


Aún cuando a día de hoy imaginemos la política como un ejercicio alejado del mundo intelectual, máxime a tenor de los derroteros políticos actuales que toma nuestro país, a menudo no nos paramos a pensar cuán intensamente están ligadas esta materia y la materia de escribir. Más comúnmente de lo necesario, la política es un freno radical a la expresión periodística y, desde luego, cómo no va a serlo en el resto del material escrito, sobretodo de un libro.

Siguiendo aún con la trama de la prensa, yo mismo he sentido verdadera desilusión al comprender que muchos rotativos tienen un carácter predefinido antes de que se imprima en sus titulares una sola palabra. Es, a fin de cuentas, interpretar las cosas forzosamente desde un prisma pulido de un canto determinado a sabiendas de enlucir una opinión interesada. De esto tampoco escapa nuestro país.

Es la política, que tiene un alcance mayor de lo esperado. Es “educadora” (para bien o para mal) y en este artículo citaré la política de ciertas regiones del mundo que no solo merman la expresividad escrita, sino que incluso la desvinculan de su pueblo (en todos los sentidos).

Ya sabemos en qué sociedades tienen cortadas las alas nuestros hidalgos de la letra. En algunas, simplemente, estos escritores no existen. En otras, lo que escriben está convenientemente politizado.

Por tanto, escribir esto último, ¿es escribir?

Escribir es todo, eso está claro. De hecho, la gran mayoría de los libros son “mera” ficción. Entretanto, el engranaje manipulador de ciertas políticas adscriben autores sometidos o partícipes de un ideario político para que reflejen en sus obras una ficción no ya que escapa de lo imaginado, sino ligada a la conveniencia política, de tinte detestable (servil a fines no literarios). A menudo, el cariz de esa literatura (ya casi perversa) es de “todo va sobre ruedas” y se escribe sobre un modus vivendi ideal, cuando en el fondo ocurre que estos trabajos literarios están, más que censurados, retorcidos camino a esconder los fracasos (o el éxito) de un ejecutivo político.

Noticias me han llegado de un norcoreano minero que se convirtió en un afamado escritor de su país cuando envió sus relatos al gobierno y éste decidió contratarlo. Extraña editorial… Como mínimo sospechosa. ¿Escribiría, pues, de los apagones en su tierra natal? ¿De un demonio llamado Occidente?

Del otro lado del mundo, de Cuba, me llegan informaciones sobre las obras realmente admiradas por La Revolución, en especial aquellas cuyos protagonistas son gente aburrida y desorientada en su vida prerrevolucionaria, modo de que sea justificado de paso el modelo de reforma social del régimen cubano. A sabiendas de ello, el resto no interesa. La editorial “ciudadana” que es este estado elije escrupulosamente aquello que llega al pueblo solamente por fines políticos. Así pues, esto es una contradicción de principios, a saber que, si somos comunistas, un libro debería escribirse por todos y para todos, independientemente de su contenido (como en democracia, ¿no es así?) Y, si vamos escribir un libro entre todos, ¿valen todas las opiniones, o solo aquellas de una minoría de la cúpula gubernativa?

Sobra decir que podemos diferenciar entre la ficción de una historia libremente pensada a la ficción de un escrito supervisado para el germen de una propaganda engañosa, como lo es quitar de novelas coreanas o cubanas la hambruna y las deficiencias de unos modelos de convivencia como mínimo enrevesados. Ficción sobre ficción, podría definirse. Y, más que censura, eso mismo de lo que hablo: exaltación interesada.

…Me queda aún por decir algo que, en su momento, me pareció chocante. No sé si me confundo o, por favor, que alguien me rectifique, pero a tenor de lo leído (si he leído bien) uno de nuestros maestros literarios (nobel merecido) era tertuliano y simpatizante de Fidel. ¿Quizá muy de izquierdas? …No llego a esos datos, pero sí me da por pensar que, a cuenta de que el mayor grado de censura es evitar, directamente, que el autor exista, en esos ambientes politizados de estas “revoluciones” cuán desperdiciado hubiera estado este señor si alguien hubiese decidido, por él, que su misión en el mundo era dedicarse a remendar zapatos, que no le hubieran dado la oportunidad de, libremente, enfrentarse a esa selección natural que, en libertad, se comprometen para su supervivencia los autores de verdad.

¿Hay mayor ficción que esa?