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sábado, 29 de abril de 2017

Taller Literario nº19 Premio Primavera de Novela 2017 (No soy un monstruo, de Carme Chaparro)

Las sugerencias que puedan hacerse para redondear un texto no deben responder a un criterio caprichoso o personal. La verdadera mejora de estilo debe residir en demostrar de forma aceptable que las modificaciones realizadas en la escritura aportan una mejor fluidez en las letras, un orden adecuado o la transmisión más precisa e inequívoca de la idea que el escritor quiere plasmar en su trabajo, entre otros aspectos. La “calidad” de la historia pertenece a la crítica, y en este caso queda al margen.  
Hoy trabajamos un texto de una autora en su primera novela, la que, ni más ni menos, ha ganado este año 2017 el prestigioso Premio Primavera. 
Menuda forma de empezar una carrera literaria. La novela es No soy un monstruo, de una de nuestras periodistas favoritas, Carme Chaparro.
Hablamos de un texto que se ha impuesto entre 1125 novelas presentadas a concurso, y que ha sido examinado a lupa por un meticuloso jurado encabezado por una “letra” de La Real Academia Española, la señora Carme Riera. Del resto de ese jurado también cabe echarse a temblar si añadimos directores de periódicos de renombre, escritores consagrados y críticos literarios, entre otras profesiones vinculadas directamente al mundo de la cultura.

El texto original aparece en negro.
Las mejoras/sugerencias, en rojo.
Los textos fuera de lugar, en azul.

Empecemos:


Original: En las películas americanas siempre hay donuts. Los donuts son lo primero que delata que aquello es una reunión de adictos. Al alcohol. Al amor. Al fracaso. Cuando la cámara se mueve por el interior de una habitación iluminada por la patética luz de fluorescentes y con olor a orina rancia —la orina no se huele a través de la pantalla, pero tú intuyes que está ahí; te llega ácida y vomitiva como si estuvieras metiendo la nariz en un urinario público—, sabes que alguien va a confesar la vergüenza oculta de su vida.

Sugerido: En las películas americanas siempre hay donuts. Los donuts son lo primero que delata que esto es una reunión de adictos. Adictos al alcohol, al amor, al fracaso… Cuando la cámara se mueve por el interior de una habitación iluminada por la patética luz de fluorescentes y con olor a orina rancia —la orina no se huele a través de la pantalla, pero tú intuyes que está ahí; te llega ácida y vomitiva como si estuvieras metiendo la nariz en un urinario público—, sabes que alguien va a confesar la vergüenza oculta de su vida.

Nota: El texto eliminado no coincide. La idea de estos párrafos es que en una sesión de adictos habrá quien cuente sus más íntimos y escabrosos secretos, pero la forma de introducir esa idea rompe completamente la trayectoria del texto. En sólo dos párrafos parece que hemos cortado y pegado textos de un libro a otro, o de una parte del libro a otra. Hemos saltado de una perspectiva de una sesión de adictos a una especie de cámara de los horrores visualizada, valga la redundancia, a través de una cámara televisiva.
Nota segunda: puntualizar que la luz de un fluorescente es patética por mera esencia no coincide con la idea general del público. Para convertir un elemento común en un elemento de tensión, como es este caso, hay que justificarlo. La sensación final es de una habitación perfectamente iluminada por luz de fluorescentes y que el narrador siente repulsión enfermiza por ese tipo de iluminación.   

*   *   *

Original: Pero estamos en España, y aquí, para empezar, no hay donuts en las terapias. Lo bueno es que no corremos el riesgo de acabar montando un Diabéticos Anónimos. Si aquí terminas en un grupo de ayuda de las cuatro Aes —Anónimos Adictos A Algo—, lo más probable es que la tragedia por la que estás pasando sea tan grande que asistir a esas reuniones se convierta en la última alternativa a tu suicidio; lo último que pruebas antes de encerrarte en casa con una botella de whisky del bueno y dos botes de esas pastillas que deberían estar ayudándote a superarlo —eso al menos te asegura tu médico—, pero no. No te ayudan.

Sugerido: Pero estamos en España y, aquí, para empezar, no hay donuts en las terapias y lo bueno de no tener donuts en las terapias es que no corremos el riesgo de acabar montando una de Diabéticos Anónimos. Y, si aquí terminas en un grupo de ayuda de las cuatro Aes —Anónimos Adictos A Algo—, lo más probable es que la tragedia por la que estás pasando sea tan grande que asistir a esas reuniones se convierta en la última alternativa a tu suicidio; es lo último que pruebas antes de encerrarte en casa con una botella de whisky del bueno, que sea desgarrador, y dos botes de esas pastillas que deberían estar ayudándote a superarlo —eso al menos te asegura tu médico—. Pero no, no te ayudan.

Nota: Se han añadido las íes griegas para enlazar mejor el texto sin tener que reestructurarlo demasiado.
Nota segunda: Se ha añadido una apreciación aleatoria al whisky para que no quede sólo por whisky de buena calidad, porque es obvio que estamos tratando de transmitir la idea de alta graduación de alcohol.

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Original: Todos los que están aquí hoy conmigo querrían estar muertos. Mejor muertos que en esta sala. Mejor incluso en el infierno —que es lo que algunos creen merecer— que aquí y ahora.

Sugerido: Y, todos los que están aquí hoy, conmigo, querrían estar muertos. Mejor muertos que en esta sala. Mejor incluso en el infierno —que es lo que algunos creen merecer— que aquí, y ahora.

Nota: Se ha continuado una vez más con la í griega para enlazar aún más el texto. Cópiese todo junto y léase de golpe y se notará el efecto.

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Original: Echemos un vistazo a la sala. Por ejemplo, a ese hombre, ese hombre calvo y redondo que se ha puesto una sudadera de alguien treinta años más joven y unos pantalones de alguien veinte años más viejo, como si él mismo estuviera hecho de retales de diferentes personas. No puede ni abrir los ojos. ¿Hace cuánto que no fija la mirada en nada? ¿Hace cuánto que no pone un pie delante de otro porque de verdad quiere ir a algún sitio y no porque se deja llevar? ¿Hace cuánto que no coge algo —aunque sea un vaso de agua— queriendo realmente agarrarlo, con una orden directa de su cerebro a su mano —tienes sed, alarga el brazo, haz pinza con los dedos, coge el vaso, acércatelo a la boca, bebe—? Si pudiéramos meternos en su cabeza, veríamos que todo está (des)ocupado por un vacío inmenso, un hueco por el que no dejan de resonar las mismas ondas, rebotando en cascada de un extremo a otro del cráneo, una tras otra. De vez en cuando el pensamiento se queda suspendido en el ojo del huracán —no sabe, no se acuerda, no desgarra—, pero solo es una ilusión de vientos débiles y cielos despejados. El temporal en el que vive no le da tregua. Fue culpa tuya. Fue culpa tuya. No mereces vivir.

Sugerido: Echemos un vistazo a la sala. Por ejemploa ese hombre, ese hombre calvo y redondo que se ha puesto una sudadera de alguien treinta años más joven y unos pantalones de alguien veinte años más viejo, como si él mismo estuviera hecho de retales de diferentes personas. No puede ni abrir los ojos. ¿Hace cuánto que no fija la mirada en nada? ¿Hace cuánto que no pone un pie delante de otro porque de verdad quiere ir a algún sitio y no porque se deja llevar? ¿Hace cuánto que no coge algo —aunque sea un vaso de agua— queriendo realmente agarrarlo, con una orden directa de su cerebro (texto eliminado) —tienes sed, alarga el brazo, haz pinza con los dedos, coge el vaso, acércatelo a la boca, bebe—? Si pudiéramos meternos en su cabeza (coma eliminada) veríamos que todo está (des)ocupado por un vacío inmenso, un hueco por el que no dejan de resonar las mismas ondas, rebotando en cascada de un extremo a otro del cráneo, una tras otra. De vez en cuando el pensamiento se queda suspendido en el ojo del huracán —no sabe, no se acuerda, no desgarra—, pero solo es una ilusión de vientos débiles y cielos despejados. El temporal en el que vive no le da tregua. Fue culpa tuya. Fue culpa tuya. No mereces vivir.

Nota: Se ha eliminado de su cerebro a su mano porque eso ya queda implícito en las letras de a continuación.
Nota segunda: Las palabras que el sujeto se dice a sí mismo es mejor ponerlas en cursiva para saber que no son exactamente del narrador.

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Original: O esa chica joven de pelo grasiento, la que lleva unos pantalones tan grandes que cabría entera en una sola de las perneras. ¿Cuánto hace que no piensa en ella como un ser humano? Me fijo en que agarra su bolso tan fuerte que la sangre no le llega a las manos, como si ese objeto fuese su único asidero a la vida y sin él, sin estar agarrada a él, fuera a caer irremediablemente hacia el agujero negro del que está intentando salir. ¿Qué le habrá pasado? Es casi una niña. Debería darme pena.

Sugerido: O esa chica joven de pelo grasiento, la que lleva unos pantalones tan grandes que cabría entera en una sola de las perneras. ¿Cuánto hace que no piensa en ella como (texto eliminado) ser humano? Me fijo en que agarra su bolso tan fuerte que la sangre no le llega a las manos, como si ese objeto fuese su único asidero a la vida y, sin él, sin estar agarrada a él, fuera a caer irremediablemente hacia el agujero negro del que está intentando salir. ¿Qué le habrá pasado? Es casi una niña. Debería darme pena.

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Original: ¿Qué hago yo aquí, pues? ¿Qué hago yo aquí en medio de estas almas en pena y cuando aún no lo necesito? Mi editor —sí, maldición, tengo un editor— ha pensado que una terapia así es el lugar ideal para encontrar inspiración para mi próximo libro. Tras el éxito mundial de mi primera novela, Un bosque espeso, no hace más que presionarme para que vuelva a escribir.

Sugerido: ¿Qué hago yo aquí, pues? ¿Qué hago yo aquí, en medio de estas almas en pena y cuando sé que no lo necesito? Mi editor —sí, maldición, tengo un editor— ha pensado que una terapia como esta es el lugar ideal para encontrar la inspiración para mi próximo libro. Tras el éxito mundial de mi primera novela, Un bosque espeso, no hace más que presionarme para que vuelva a escribir.

Nota: Se ha sustituido cuando aún no lo necesito porque el resto del texto, al menos el que se alcanza a analizar aquí, no aclara si la escritora acude a terapia porque se sospecha que algún pueda necesitarla para otro propósito que solamente escribir. No es, pues, potencialmente una adicta. Si lo fuere o llegara a serlo a lo largo de la novela habría que darlo a entender aquí, aún sutilmente.

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Original: A veces me obsesiono tanto que he llegado a creer que ha sobornado a algunas de las personas con las que me cruzo cada día. Últimamente creo que son las mujeres de la limpieza de la oficina, que me miran de una manera hostil mientras empujan los carros cargados de productos tóxicos. Escribe otro libro. Escribe otro éxito. Escribe otra máquina de hacer dinero.

Sugerido: A veces me obsesiono tanto, que he llegado a creer que hasta ha sobornado a algunas de las personas con las que me cruzo cada día para que me convenzan de que escriba. Últimamente creo que son las mujeres de la limpieza de la oficina, las que me miran de una manera hostil mientras empujan sus carros cargados de productos tóxicos. Escribe otro libro. Escribe otro éxito. Escribe otra máquina de hacer dinero.

Nota: Es importante explicar para qué ha sobornado el editor a las personas. De la forma original no es explícito que lo haya hecho para convencer a la protagonista de que escriba.

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Original: Primero fue algo suave, sutil y educado. Ahora tengo la sensación de que mi editor estaría dispuesto a casi cualquier cosa si eso me diera alguna idea para un nuevo best seller. A veces me pregunto hasta dónde sería capaz de llegar por proporcionarme un hilo argumental. Y por mucho que le repito que yo solo tuve un libro dentro y que nunca seré capaz de escribir nada más, él —ellos en realidad, toda la editorial— insiste en que soy capaz y en que solo tengo que encontrar el click que transforme mi MacBook en un procesador de textos con diarrea. Pero yo no tengo ideas. Tuve una y ya está. Fue un libro y ya está.

Sugerido: Mi editor… Primero fue algo suave, sutil y educado. Ahora tengo la sensación de que (texto eliminado) estaría dispuesto a casi cualquier cosa si eso me diera alguna idea para un nuevo best seller. A veces me pregunto hasta dónde sería capaz de llegar por proporcionarme un hilo argumental. Y, por mucho que le repita que yo solo tuve un libro dentro y que nunca seré capaz de escribir nada más, él —ellos en realidad, toda la editorial— insiste en que soy capaz y en que solo tengo que encontrar el click que transforme mi MacBook en un procesador de textos con diarrea. Pero yo no tengo ideas. Tuve una y ya está. Fue un libro, y ya está.

Nota: Al principio del texto introducimos al editor para que se sepa que estamos hablando de él. Lo eliminamos a continuación.
Nota segunda: Hablar de diarrea para con una alta productividad literaria tiene todo el sentido del mundo si el personaje que narra es mordaz y ácido, aún más que en estas primeras letras. Si el personaje continúa en esa línea es completamente correcto. Si no lo es, esto está fuera de lugar.

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Original: En fin, que por eso he acabado aquí, para que mi editor me deje tranquila un tiempo. Si cree que estoy trabajando en algo, se calmará.
Pero no es fácil hacer cosas como esta. Siempre corro el riesgo de que me reconozcan. Y no me conviene, no aquí y no en este momento. Si saben quién soy, no me dejarán quedarme. He ensayado varias veces con pelucas y postizos, para otros trabajos anteriores. De hecho, hoy me he puesto lentillas oscuras y una peluca rubia corta. Con una base de maquillaje amarilla y un poco de corrector morado en las ojeras parezco incluso algo frágil, como si supurara tristeza por la piel.

Sugerido: En fin, que por eso he acabado aquí, para que mi editor me deje tranquila un tiempo. Si cree que estoy trabajando en algo, se calmará.
Pero no es fácil hacer cosas como esta. Siempre corro el riesgo de que me reconozcan. Y no me conviene. No aquí y no en este momento. Si saben quién soy, no me dejarán quedarme. He ensayado varias veces con pelucas y postizos (coma eliminada) para otros trabajos anteriores. De hecho, hoy me he puesto lentillas oscuras y una peluca rubia corta. Con una base de maquillaje amarilla y un poco de corrector morado en las ojeras, parezco incluso algo frágil, como si supurara tristeza por la piel.

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Original: En consonancia con el ambiente.
Y aunque me he hecho pasar por otras personas, siempre hay un detalle que acaba delatándome: la voz. Es algo tan característico que no puedo disimularlo. Las eses al final de las palabras me patinan con un sonido especial, como si no supiera parar a tiempo el fonema y me resbalara por entre los dientes cual cobertura de chocolate caliente sobre una bola de helado. Árboleszsz. Cosaszsz. Ni mi logopeda ha podido corregírmelo. Dice, además, que es mi toque característico, que me da personalidad. Así que tendré que estar callada. Al menos en la sesión de hoy.

Sugerido: En consonancia con el ambiente.
Y, aunque me he hecho pasar por otras personas, siempre hay un detalle que acaba delatándome: la voz. Es algo tan característico que no puedo disimularlo. Las eses al final de las palabras me patinan con un sonido especial, como si no supiera parar a tiempo el fonema y me resbalara por entre los dientes cual cobertura de chocolate caliente sobre una bola de helado. Árboleszsz. Cosaszsz. Ni mi logopeda ha podido corregírmelo. Dice, además, que es mi toque característico, que me da personalidad. Así que tendré que estar callada. Al menos en la sesión de hoy.

Nota: En consonancia con el ambiente queda completamente aislado. Debe ir en el párrafo anterior. No se entiende.

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Original: Afortunadamente, no hay donuts alrededor de los que iniciar una charla. Y afortunadamente también, el director de la terapia es puntual y va directo al grano. O quizá es que no le apetece mucho estar aquí y quiere acabar cuanto antes, alejarse de estas almas ancladas al infierno, no sea que le vayan a arrastrar a él también.

Sugerido: Afortunadamente, no hay donuts alrededor de los que iniciar una charla. Y, afortunadamente también, el director de la terapia es puntual y va directo al grano. O quizá es que no le apetece mucho estar aquí y quiere acabar cuanto antes, alejarse de estas almas ancladas al infierno, no sea que le vayan a arrastrar allí a él también.

Nota: Quizá abría que buscar otro lugar distinto al infierno, pues ya se ha nombrado antes.


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Original:
—¿Podéis ir tomando asiento, por favor? —nos pide el psicólogo con voz melosa.
Lo he investigado antes de venir. Soso en Facebook: solo fotos de platos de comida, calles de Madrid y algún que otro libro. Un solitario de manual. Un triste. Espero tenerlo fácil en caso de que necesite sacarle información.
—¿Podéis ir tomando asiento?
Y nos sentamos.

Sugerido:
—¿Podéis ir tomando asiento, por favor? —nos pide el psicólogo con voz melosa.
Lo he investigado antes de venir. Soso en Facebook: solo fotos de platos de comida, calles de Madrid y algún que otro libro. Un solitario de manual. Un triste. Espero tenerlo fácil en caso de que necesite sacarle información.
—¿Podéis ir tomando asiento?
Y, tras idas y venidas, nos terminamos sentando.

Nota: Nótese que la palabra psicólogo no se ha sustituido. El director de la charla (párrafo anterior) y el psicólogo no parecen la misma persona. En el momento de citar al director, hay que citar que a la vez es psicólogo. Ya entonces se introducen todos sus datos descriptivos.
Nota segunda: Se ha añadido una forma aleatoria para explicar que la gente de la terapia no se sienta de golpe y sí de forma desordenada (el psicólogo se tiene que reiterar), pues esa era la impresión que se ha dado con el texto original.


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Original: Sin mirarnos. Encogidos. Avergonzados de nosotros mismos. O quizá avergonzados de lo que vamos a escuchar, como si fuéramos viejas cotillas poniendo el oído junto a un confesionario. Derretidos de placer y sonrojo.
—Hoy Lucía quiere contarnos algo, ¿verdad?
La chica del bolso empieza a hablar.
Y yo no tendría que haber escuchado lo que ella estaba a punto de contarnos.

Sugerido: Sin mirarnos. Encogidos. Avergonzados de nosotros mismos. O quizá avergonzados de lo que vamos a escuchar, como si fuésemos viejas cotillas poniendo el oído junto a un confesionario. Derretidos de placer y sonrojo.
—Hoy Lucía quiere contarnos algo, ¿verdad?
La chica del bolso empieza a hablar… y yo no tendría que haber escuchado lo que ella estaba a punto de contarnos.


*   *   *

Fin del análisis.

Conclusión:

En general, el lector capta la idea de lo expuesto, pero el texto deja cierta sensación de desorden. Se entiende perfectamente lo que se quiere expresar, pero quizá el medio de enlace de una frase a la otra, incluso de una exposición a la otra, no está perfectamente ligado y hay… “trompicones”. Por eso me he permitido añadir alguna que otra introducción.
Por otro lado, es muy común en obras primerizas que se olvide que el lector no tiene por qué saber qué tiene el escritor en mente. El único medio de transmitir esa idea es el texto, por lo que si no se tiene cuidado hay cosas que pueden quedar en el tintero.
Sin embargo, hay grandes virtudes en la escritura. Analizar al psicólogo a través de Facebook es un buen punto, como lo que el tipo gordo tiene y no tiene en mente, como acaso ese bolso como pequeño salvavidas. Seguro que la novela guarda más sorpresas y virtudes con este cariz crítico y mordaz.
Por lo demás, y a tenor de las pocas frases analizadas, el texto absoluto debería trabajarse un poco para mejorar, moviendo frases a su lugar adecuado, restando texto para sumar en velocidad y comprensión, añadiendo, quitando o moviendo comas de sitio, etc.

Sí es un texto consecuente con una primera novela, como ya he leído en varios blogs. Enhorabuena de todos modos.

miércoles, 28 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 8) Errores de contenido


Errores de contenido

 


Ya sabemos que una historia puede contarse de mil maneras distintas. Esto quiere decir que podemos contar lo mismo dos veces, pero que podemos variar el recurso constructivo de nuestra novela para enfocar de distinta manera esa misma trama y disponer así de dos novelas plenamente legítimas. Es decir, podemos contar el descubrimiento de América desde la personalidad de Cristóbal Colón, a través de su tripulación, desde el punto de vista de un polizón que ni siquiera la historia ha descubierto todavía… y hasta desde la perspectiva de los ociosos moradores de una nave extraterrestre que siguen con mofa y sorpresa las moralejas de los pasos de La Humanidad.

Eso no se toca. Es legitimidad de autor.

Luego está el estilo del novelista. Sencillo, farragoso, retorcido, vulgar, culto o cultísimo hasta aburrir… Este terreno es un poco más pantanoso, porque si bien la perspectiva con la que enfocamos la historia dice mucho del escritor, ya su calidad literaria depende directamente de cómo salga él solito de este mismo atolladero.

Hasta ahí, espero, nos ubicamos en el territorio de los gustos literarios de cada cual. No somos todos la misma pieza humana, por lo que lo que a unos nos gusta a otros nos horroriza (La Pinta, La Niña y La Santa María vistas desde el espacio… menuda estupidez). Con esto, queda claro que toda obra posee un margen de “acierto” y otro margen de “error”; 50% para cada vertiente (respecto a éxito o fracaso) es más que aceptable. A medio mundo le gustará tu estilo, y a la otra mitad le parecerá pésimo. Conseguir esto mismo es un buen balance y ya sabemos de novelas “insoportables” (la saga Crepúsculo, por ejemplo) que son grandes trabajos, y obras magníficas (Harry Potter) que se saltan todas las expectativas para casi conseguir la unanimidad.

Ahora bien, todo esto que queda atrás en estos primeros párrafos de este artículo, desde luego, son conceptos básicos literarios que se pueden discutir, pero que forman parte de lo correcto en toda novela; no porque no nos guste un libro quiere decir que sea papel mojado. Por tanto, el autor no falla, sino que disentimos con él… o con sus métodos, mejor dicho.

…Hasta aquí, todo consecuente. Lo que viene ahora forma ya parte de un fracaso del que el autor no puede escapar. No hay excusa, y es cuando el que escribe debe entonar el mea culpa y sacar su lado más humilde. Hablo, ni más ni menos, que de los errores de veracidad en una novela. Porque hay datos que no son propios ni del autor ni de su propia perspectiva, sino que forman parte de una barrera indestructible que no admite alteraciones.

Y por primera vez, y para ilustrar este artículo, voy a hacer algo para lo que no me siento legítimamente formado/reconocido como autor, que es usar la novela de otro escritor para dar nota de ejemplo de este tipo de falla. Y lo hago así porque, hasta que otro escritor o crítico encuentre en mis escritos un error del mismo calibre (que podría haberlo/s), tendré que “conformarme” con hacer referencia al autor Juan Manuel de Prada y su novela La Vida Invisible.

Hombre... “haberlos”… Haría falta mucho para igualar un error de la talla que voy a citar. En cuestión, en la novela se habla del magnicidio de John F. Kennedy en la ciudad de Dallas. Todos hemos visto esas imágenes; Kennedy y su esposa, Jacqueline, en un descapotable propicio para este tipo de brutal atentado. Hemos visto los tiros, la desesperación, La Historia en toda su magnitud… Pues bien, el señor Juan Manuel de Prada comete un error insostenible que los autores debemos eludir a toda costa, y es el de añadir detalles puntuales de un hecho más que contrastado cuando ocurre que no está seguro de que sean ciertos. Igual al autor le parecen todos los autos iguales (razón de más para evitar entrar en detalles), pero, en tal caso, hubiese salido al paso con, simplemente, citar que el señor Kennedy fue asesinado cuando viajaba en una limusina descapotable… pero, ¿¡en un Rolls Royce!?

En mi haber puedo no entender de moda, pero no me atrevería a escribir de Prada donde va un Louis Vuitton. Tampoco puedo decir que los taxis de Manhattan son verdes, o que el Golden Gate está en Los Ángeles; todo esto entraría en una historia de evidente corte alternativo a la realidad. Pero, si nos ceñimos a ella, en torno al coche de Kennedy hay una indestructible cohesión entre el personaje y el automóvil que lo acogió morir. Y no es un Rolls… es un Lincoln. Y es el Lincoln de Kennedy. De hecho, en los anuncios de coches de segunda mano, evidentemente en la rama del auto de colección, suele acompañarse la palabra Lincoln de la de Kennedy (the car of Kennedy, o algo así). Citar lo contrario sería como decir que el avión del presidente de Los Estados Unidos es un Airbus (cuando es un Boeing) o que Apple vende aspiradoras (quizá… tiempo al tiempo).

Lo que sí está claro es que, partiendo desde la premisa de que ningún presidente americano ha usado nunca como coche presidencial un auto extranjero (que para eso su industria de lujo está más que servida), esta cita tan arriesgada en el libro de este autor es un desliz enorme, máxime teniendo en cuenta que la novela contó con un curtido equipo humano que la desvistió una y otra vez en sus entresijos antes de ganar El Premio Primavera de Novela.

Esto, queridos autores, puede soslayarse. Así como hay mil maneras de contar la misma historia, hay mil maneras de pasar por alto detalles más que discutibles (y hasta vergonzosamente erróneos) siendo igualmente precisos en la historia. Sabemos que el auto era negro, enorme, descapotable… A menudo sobra decir más.

 

“…Y el presidente Kennedy, entre una nube de confeti, cruzaba en su Toyota Prius descapotable la avenida Roosevelt de Chicago cuando, de repente, se oyó un disparo. Luego otro, y un tercero, y entonces todo el mundo supo que La Historia había sufrido un nuevo revés con el bramido inconforme e inconfundible de las balas de un Kaláshnikov.”

 

 

sábado, 24 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 7) El talento


El talento

 


Jamás me atrevería a sugerir que, literariamente hablando, tengo el talento de mi mano. Espero no caer en ese absurdo; llegado el caso, es la gente la que debe decir eso, no yo.

Harina de otro costal sería hablar de predisposición, tendencia, atracción… aunque luego, a base de escribir páginas y más páginas, termines por ni hallarle el instinto literario a tu ADN.

Por ahora, comienzo este artículo diciendo que nadie le quite al que escribe todo eso, sus ánimos por las letras. Ya germinará el resultado de años en blanco, en gris o en negro, guste o no guste a los que deben decidir quién tiene talento y quién no. Porque, si bien es cierto que la calidad es subjetiva, la cantidad sí que puede medirse y hay gente con un ánimo infinito por comunicarse, hágase bien o hágase mal.

Eso, evidentemente, no es talento. Es una virtud diferente. Entretanto, y sin reivindicarme en nada, siguiendo en la línea de los que nacen con la predisposición hacia una materia determinada, me he sorprendido una y mil veces viendo documentales biográficos sobre toda suerte de actores, cómicos y cantantes para descubrir que, en su tierna niñez, quien no se enrolaba en las funciones de teatro del colegio, acaso alegraba las fiestas familiares con sus gracias o ya cantaba en la ducha. No sé si eso es talento o no, pero seguro que sí que es una predisposición natural.

En ese momento, justo en ese momento, y sin llegar a hablar de talento, es cuando recuerdo que de los deberes escolares solía olvidarme de muchos, pero seguro que llevaba a clase al día siguiente, con una orgullosa sonrisa en los labios, todas y cada una de tantas y cuantas redacciones hiciesen falta.

Sigue sin ser talento, pero sí que es predisposición. Aún gustaba de mecanografiarle a mi padre los presupuestos de su trabajo, y, después de teclear mis primeras aventuras en una máquina de escribir mecánica, llevado por ese instinto de charlatán de letras adquirí de mis propios medios, ya en la adolescencia, una de las primeras máquinas de escribir cargaditas de electrónica que me permitía indagar los resultados de lo escrito, previamente al papel, en una pequeña pantalla digital.

Mucho ha llovido desde entonces, y puede que aún no haya despertado mi comunión con la letra… como seguramente no haya enlazado el vínculo más importante, el del lector. Porque, hoy por hoy, sin menospreciar el trabajo de nadie y a sabiendas que seguramente el mío aqueja sus muchos errores, me sorprendo que el talento y el éxito no siempre están de la mano… o acaso me equivoco y el talento no tiene nada que ver con la forma de expresar ideas, sino en las ideas en sí.

No soy quién para criticar el trabajo ajeno, máxime cuando el mío palidece de soledad, pero a menudo me doy con la palma en la frente viendo que algunos textos más que venerados enredan toda clase de… de… me cuesta decirlo, pero hay que hacerlo: de mediocridad. No sé si me meto en aguas pantanosas, pero no sé definir si acaso el lector de hoy es menos exigente que el de antes, o las ideas que se transmiten actualmente a través de textos más que rudimentarios son tan geniales que no precisan de un soporte respetable.

Quizá el talento resida en eso, en “conectar”. Solo conectar, tal vez. Hay escritores que pueden centrifugarse los sesos, activar todos los resortes de sus mejores recursos y apelar a la inventiva lingüística más extrema describiendo de arriba abajo la trama más ingobernable… que luego vendrá un pimpollo o una pimpolla con “cuatro letras” que se lleve el gato al agua con una historia que, simplemente, “conecta”. Es así, y ahora mismo no tengo una definición exacta para lo que significa la palabra talento.

Sí sé (o intuyo saber) qué es un producto… una bazofia, una obra maestra o un espejismo, pero lo que sí tengo claro es que nadie se pone de acuerdo dónde se encuentra el talento hasta que la masa humana, las circunstancias, la suerte o vaya uno a saber qué conjugan un todo entre letra y persona, que termina siendo todos esos referentes que los que andamos sobrados de predisposición (sirvamos o no) perseguimos con humildad desde los primeros peldaños del camino hacia el talento: la paciencia delante nuestra siempre misteriosa hoja en blanco.

miércoles, 14 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 6) La “re-culturización” social


La “re-culturización” social
 
 

En cierta ocasión, un gran autor como lo es Arturo Pérez Reverte alegó de cierta España inculta alejada de las letras. Esto es una queja lógica, que al cabo viene a ser tan racional como si un empresario tabaquero se queja de que los españoles no fuman lo suficiente.

Hoy por hoy, en cambio, en este país que se publica más que se vende, sucede que la lectura, que no la literatura, ha tomado otros derroteros bien distintos a la utopía latina que propone el señor Pérez Reverte. Hoy se escribe mucho más que “se lee”… aunque es obvio que, a tenor de la trama que me traigo entre manos en este artículo, por ende se lee tanto como lo que es escrito. Hablo, ni más ni menos, de la intensiva acción de escritura que recae en nuestra nueva sociedad. Y no para libros y aventuras, dramas y epopeyas… sino para comunicarse. Hablo, pues, de la telefonía móvil.

¿Quién iba a creerse, solo diez años atrás, que la gente escribiría incluso al volante de sus automóviles?

¿Escribir…? ¿Es que estamos locos?

Y, aunque todo esto parezca irracional, tiene “sentido”. Las especies evolucionan dependiendo de las condiciones del medio en que se desenvuelven. Así pues, primero todos hablábamos no sé cuántos minutos de tarifa fija, luego enviábamos mensajes SMS hasta que éstos se extinguieron con la llegada del WhatsApp. Hoy, España está llena de “escritores”… o quizá tele-operadores o mecanógrafos autodidactas con virtudes más que sorprendentes; los he visto escribir a unas pulsaciones por minuto de infarto.

…Otro cantar es el contenido de lo que se escribe. Teniendo en cuenta que es mejor esto que nada, a menudo titubeo con cierta picaresca cuando alguno de mis hijos o mi mujer me tientan la corrección puntual de alguna palabreja de sus mensajes de WhatsApp  (no vayan a hacer el “ridículo”), a lo que a menudo quiero responder algo así como “depende… depende del destinatario”. Y que nadie se engañe. Tampoco hay que escribir estos mensajes de amigos y familia como en un examen para filólogos. A mí me sobra con que la gente haya vuelto a las letras, algo que, ya digo, hace no mucho tiempo era algo realmente impensable, cuando pensábamos que, en el futuro, nos “escribiríamos” con mensajes visuales directamente grabados con la cámara de nuestro reloj.

Y entretanto supongo que tanto texto es más bien baldío (y respetando todos los niveles “literarios”, aunque sea entre risas y bromas), sirva al menos este gesto de rompededos y quiebracuellos de sala de espera y autobús para que la gente esté en contacto con el abecedario, a pesar de que me choque que amigos que ya tenía en el olvido me enloquezcan a mensajitos de WhatsApp solo por la novedad de que hacerlo sale gratis (en la apetencia de que todo consumo de la red está infinitamente incluido en sus tarifas de pago). …Luego lo mejor de estas redes de comunicación son los refraneros, noticias y citas que suponen cierta vuelta a “la vieja escuela”, quizá más la atención al material informativo para quienes solo miraban el periódico para ver los resultados de la quiniela.

Vista esta nueva revolución cultural, cito que hasta de los bajos fondos sociales aparece gente con talento, y ya me dirijo a estos raperos que, al menos, riman y a menudo con tanto acierto como quienes se creen poetas consumados. También algo es algo y que sean bienvenidos. Quién sabe, porque el mundo gira y nadie es capaz de predecir qué nos va a deparar la próxima década, sea que la gente se aficione a la moda de hablar como Cyrano de Bergerac y más de un autor termine deseando que su sociedad vuelva a sus tan criticados orígenes, a esa plebe humana que escribía las b con v y viceversa.

No sé… No sé si en España se lee mucho… pero se escribe una barbaridad.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Taller Literario (artículo nº 3) La inspiración.


La inspiración.
 
 
 

…Por no llamarlo el gran escollo. Y es que, en algún punto determinado de nuestra literatura, ésta se atasca y no termina de salir. Es entonces que al autor se frustra y le nacen esas absurdas dudas existenciales sobre si de verdad está hecho de la naturaleza apropiada para lo que hace.

Nada más lejos de la realidad. Aquí mismo, por estas letras, este artículo está “abierto” un lunes, madurado un miércoles y escrito un viernes. Y a eso voy. En materia escrita, las prisas no son buenas. En nuestra novela quizá matemos al personaje equivocado demasiado pronto, o reparemos demasiado tarde que no hemos añadido suficientes argumentos para desembocar adonde nos precipitamos ya en caída libre.

El ejercicio de escribir es esto mismo, deliciosamente frustrante porque a menudo termina siendo impredecible hasta para el escritor (creo que si no hubiera sorpresas en la literatura, no valdría la pena ni ponerse a escribir). En algún momento las páginas nos dirán basta y serán ellas, aparentemente tan mansas, las que se comuniquen con nosotros. Y es que en lo escrito habrá una circunstancia maliciosamente irresoluble en la que nos maldeciremos por habernos metido en este embrollo del que no podemos salir. Y aquí, entonces, es cuando hay que dejar que un callejón sin salida actúe como eso mismo, como un callejón sin salida. Porque debemos salir, desde luego y antes de malograr un texto, y “airear” esta historia que nos trae de cabeza. Quizá volver a sopesarla, tratar de trabarla con alguna otra cosa… o, mejor que mejor, dejarla aparcada.

Con el tiempo, así como nuestra historia nació de un flash (así funcionamos), su resolución o la traba que nos tiene en el dique seco literario se resolverá con un golpe de gracia. En el momento menos pensado, la alternativa al fracaso tomará forma por sí misma, haciendo honor a esa máxima en que lo que buscas nunca está cuando lo necesitas, sino cuando el destino te lo pone caprichosamente de la mano. ¿Te suena? Es decir, es la misma cuestión que cuando buscamos algo en el trastero (y hasta por casa) y no aparece sino cuando no lo necesitamos. Haz uso de esta filosofía y verás que te servirá, antes de desechar un proyecto que parece no conducir a ninguna parte.

Y, mientras, ¿qué hacemos? ¿Nos tiramos de los pelos?

Nada de eso. Un parón literario solo invita a escribir. Es el momento de aprovechar para empezar otros proyectos. Quizá desempolvar el rinconcito poético y amansar la vorágine del tacto en prosa, pasar a otro género literario para desintoxicarse, fantasear, hacer un cuento corto (incluso leer) o aprovechar este estancamiento en una novela para retomar otra que ya nos dejó colgados antes. Seguro que, mientras conducimos, tomando un café, quizá paseando, todas las dudas se despejan y podremos retomar todos y cada uno de nuestros trabajos.

…No es casual que haya mencionado lo de pasear. A mí me funciona. Aún con todo, reconozco que el modo “flash” (un modo automático que tenemos en la mente) es lo que más suele sorprenderme, pero, entretanto, un paseo aviva las neuronas. Ya leí alguna vez que acelerar nuestro ritmo vital (la circulación arterial, para que nos entendamos) por mera lógica aumenta el riego sanguíneo de nuestro cerebro, oxigenándolo y estimulándolo cara a nuevas y espontáneas ideas. Y, sea o no cierto ese artículo que leí, ya sea por sugestión o por cualquier otra cosa, caminar funciona.

Del otro lado, siempre con la falla de inspiración en mente, creo con firmeza que hay dos formas de escribir. Una de ellas es planificarlo todo. Con relación a ello, supongo que habrá gente que haga un esquema o boceto de su historia a contar. El principio, las tramas, la resolución…

La otra forma de hacerlo es plasmar tus ideas en el papel dejando que tú seas tu primer lector. Eso es echarlo todo a suertes, pero tengo en mi haber algunas novelas así (Muñequitas de Lalá, Amanda Cage, etc) que cara al público han funcionado muy bien. Es decir, son productos de momentos de crisis literaria donde podría decirse que la falta de ideas ha dado como fruto unos escritos aceptables (no lo digo yo, lo dicen mis lectores). Entretanto, no puedo soslayar que hasta la novela más concienzudamente planificada tiene sus sorpresas para el escritor. Yo, en mi experiencia, dejo que mis libros tenga un cincuenta por ciento de planificación y otro tanto de improvisación, pues es obvio que la estimulación del autor puede venir antes de escribir… pero que, escribiendo, nunca mejor estado de gracia para congraciarse con lo que uno escribe, para abrir nuevas puertas que no teníamos ni meditadas. Como base, basta imaginar que te apetece hablar de un tema, de una idea, y luego ya todo viene rodado.

Mucha suerte y que la inspiración os acompañe.

 

 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Taller Literario (artículo nº 2) Describir paisajes y lugares.


Describir paisajes y lugares.

 


Hay un punto débil en todo autor que éste debe intentar soslayar a toda costa en sus obras, y ese hándicap no es otro que sobrevalorar lo que describe, darlo todo por bueno. Entusiasmado de sus líneas, quizá no se percate a tiempo que el lector (sobretodo el actual) no está como para perder el tiempo en extensas recreaciones.

Hablo, pues, de ese instante (se espera siempre que sea un trance corto, si no estamos muertos) en el que se pierde la conexión con el receptor de nuestra literatura y puede aparecer en él algún gesto inequívoco de hartazgo (respirar hondo, cambiar la pose en el sofá, estirarse…). Cuando eso ocurre, algo va mal. Una novela no debe permitir que el lector salga de sus páginas, pues en la mayoría de los casos habremos sido nosotros mismos los que lo habremos echado a patadas.

Es obvio que hay momentos en la historia en los que el interés decae porque deben darse párrafos meramente escénicos o explicativos del entorno o de la trama. Si esto no aporta nada nuevo que despierte el interés, el autor debe recrearse lo menos posible en ellos. Hablo de las interminables descripciones de paisajes y lugares, o de esos desayunos tediosos de ciertos personajes que no hacen sino añadir paja a lo escrito.

Mi ideal es que, cuando algo no sea consistente, acortarlo. He visto párrafos y párrafos cansinos y devoradores de páginas en los que no ocurre nada, y ahí es donde el autor debe despertar de su magnificencia y elegir entre recrearse en su historia o producir en ella. De nada sirve agotar la psique de un lector con la descripción casi fotográfica de un jardín, su enlosado de piedra, sus bancas de madera, si no añadimos a todo ello algo que tenga un contexto más personalizado que atrape la atención del lector. Si hablamos de ese jardín, por ejemplo, es más importante describir qué significa para la historia, sus personajes o la trama que acaso puntualizar cada detalle para que el lector se haga cuenta del jardín de nuestros sueños. Todos sabemos ya lo que es un jardín (he visto párrafos describiendo cuántas por cuántas pulgadas tiene), y solo debemos hablar de él todo aquello que redondee sensaciones, como que la excesiva alineación de los colores en el mismo identifica un factor maníaco en su cuidador, así como su pinta primaveral puede describir no solo un jardín magnífico, sino la plenitud de vida de la familia que habita la casa… como acaso su lobreguez el desánimo y la tristeza  de esa misma prole. En este último caso podemos añadir que las hojas secas revolotean como papel quemado (que nadie barre), y que soplan murmullos de viento gris que se desgarran con las ramas despobladas de los árboles, que son ahora mismo lo más que se comenta en casa. Poco más. El resto lo añade el lector. Ya sabemos que nadie cuida el jardín, como seguramente los personajes de la historia no lo frecuentan ni lo miman, como tampoco tendrán ánimos para ninguna otra cosa (ni para hablar entre ellos) y, de un plumazo, hemos añadido a la descripción del jardín de la casa algunos detalles sobre la personalidad y relación de nuestros personajes, tan desolados y enfrentados como el jardín y la primavera.

Uf, conseguir identificar qué sirve y qué no sirve para nuestra novela es complicado. Ante la duda, acortar siempre, teniendo en cuenta que el autor se enfrenta una y otra vez al desafío de no tener que rebosar innecesariamente de imágenes la cabeza ajena (que la mente del lector no está tan vacía como la de un bebé), sino que éste ya viene llenito de información y lo único que debemos hacer es despertar su propia visión de los hechos y lugares en el papel. Apenas eso, un calambrazo, no una electrocución de sus neuronas.

martes, 25 de noviembre de 2014

Taller Literario (artículo nº1) Escribir de alguna manera

Escribir de alguna manera



Si el lenguaje es universal y todos somos iguales, ¿por qué no escribimos todos igual?

Y no me refiero a la hora de impresionar en una página en blanco ese hilo a veces casi indetectable que, como si de una huella digital se tratara, arrastra cada autor y se compromete directamente con las vivencias personales de cada cual. Yo hago referencia, en este artículo, a la impronta que el escritor quiere trasmitir con lo que escribe. Se puede escribir para transmitir generosamente una información, como para fines aún más… “oscuros”. Porque, a veces, escribir es un acto relativamente ¿pecaminoso? donde el autor pierde la que yo creo que es la verdadera brújula literaria que debe sazonar su obra.

Me explico (y lo hago con una anécdota que cambió mi perspectiva de lo que es escribir): con quince años decidí muy ilusamente que quería ser escritor. Con ese halo infantil propio de las primeras ilusiones, empecé a recopilar infinidad de palabrejas de diccionario para embellecer y culturizar lo que escribía. Para mi yo de entonces, escribir era trabajar un texto perfecto y culto, alcanzar en mis letras un estrato cultural superior al que me envolvía en mi día a día.

Solícito hasta por casualidad, recuerdo que fue mi hermano José Luis (el mayor) quien, a sabiendas de mis aspiraciones, dejó caer sobre la mesa donde yo escribía un fanzine del Ejército del Aire, destacamento donde él hacía por entonces el servicio militar. Sus palabras fueron directas y precisas, y se me grabaron en la sien como un hierro candente: ¿quieres aprender a escribir…? pues aprende. Y ahí estaba, en la página donde mi hermano había doblado la revista, el artículo del párroco del cuartel, habitual colaborador de esta revista hecha por y para soldados. Un… incentivo, que no tardé en devorar. Claro que, para que esto fuese una paradoja, tenía que tener mi indigestión al leer semejante verborrea. Juro que ni a día de hoy soy capaz de transcribir lo que el párroco quería dar a saber con su artículo. El uso tan intensivo de palabrejas de diccionario hacía que me perdiera una y otra vez en su maldito mensaje cifrado.
 
Retrocedí en la silla. Medité esto. Y entonces decidí que yo no quería escribir así. El párroco no escribía para los demás, escribía para sí. El texto era, al cabo, un ejercicio simple de vanidad intelectual, habida cuenta del público al que iba dirigido (con perdón a la milicia, pero las cosas son así). Ahí aprendí que el escritor no escribe para sí, sino para los demás. De hecho, que no es escritor si él quiere, sino si así lo quieren sus lectores. Y no me refiero al éxito editorial, ni mucho menos. Me refiero a que un escritor debe ser un gran comunicador, sin más. El párroco militar estaba tan absurdamente ensombrecido por la monumental loza de piedra de la lingüística de los dioses que su mensaje se perdía irremediablemente por cada vez que un soldado pasaba de su página. Y yo no quiero eso.

Escribir, para mí, en sobretodo despertar la conciencia, la visual de nuestra mente, la imaginación, transmitir emociones… comunicar. Por eso soy un ferviente defensor de la literatura para todos y del ejercicio tenaz de buscar el modo, casi quirúrgico, de acceder a la mente del depositario de mis letras a través de una genialidad en la frase, en el momento, en un recodo de la página que nadie espera… una utopía que persigo en cada uno de mis textos, de la que debo sentirme siempre inconforme y que debo domar no con el lustre del artificio, sino con esas palabras de todos y para todos que signifiquen mucho más que ellas mismas en la cópula de un escrito sencillo pero directo, muy al alma.
Que se entienda todo. Que no haga falta un segundo libro (como un diccionario) para entender el primero. Que no solo lleguen las ideas, sino los sentimientos. Y no hablo de cursiladas (que también). Hablo de causar dolor, intriga, de no dejar indiferente a nadie. Es decir, una tarea titánica que supongo que, por cada nueva obra, trate de un nuevo horizonte aún sin explorar.
Pero, ¿cómo se hace eso?

No es fácil. Lo sencillo es poblar la página de palabrejas que sustituyan el ingenio por el bagaje. Engordar el oficio con palabras de primera categoría creo que puede llegar a esconder las verdaderas virtudes del escritor, ya que, en mi humilde opinión, lo difícil es convertir lo cotidiano en algo único y la verdadera genialidad del autor es saber usar palabras cotidianas en el momento justo para despertar al lector, para incendiar su libro, y para ello vale casi todo. Se puede humanizar un paisaje para que signifique algo más de lo que se ve a simple vista. Se pueden dar atributos imposibles a los objetos para que cobren vida. Incluso, del revés, se puede desmaterializar una personalidad para dar a entender un estado de ánimo pésimo.

En cierta ocasión, un amigo me preguntó porqué los que escribíamos dábamos atributos imposibles a las cosas, porque no todo lo llamábamos por su nombre. Mi respuesta es que somos personas, afortunadamente, y para acceder a la cabeza de una persona no podemos usar un código binario. Somos imaginativos por naturaleza y, para despertar algo más que la simple interpretación de los signos de escritura, debemos dar un pasito más allá de lo que se ve a simple vista en una página a la hora de escribir, desenmarañar su contenido por vías inesperadas. Esto no es un guión de cine, sino un tú a tú entre la mente del escritor y la del lector.

Para entender mi concepto, baste citar al gran maestro Gabriel García Márquez y pararse en algunos de sus párrafos. De sus letras casi no hay palabra que la común sociedad no pueda entender, pero, dentro, muy dentro, hay un significado realmente nuevo en su escritura a través de la génesis de frases magistrales precisamente por su genialidad y simpleza. Se aprende mucho leyéndolo, pero, paradójicamente, de igual modo se puede aprender mucho leyendo todo de todo el mundo para saber qué es lo que se debe y no se debe hacer en lo que se escribe si no queremos espantar a nuestros receptores.

Intentémoslo. Busquemos caminos alternativos al alma de los lectores a través de medios no concebidos. Solo así logra el escritor distinguirse y amenizar con su público este lazo indefinible de las preferencias. Porque, dentro de nuestras grandes semejanzas, de verdad que no somos iguales. Ahora que escribo lo entiendo.