miércoles, 28 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 8) Errores de contenido


Errores de contenido

 


Ya sabemos que una historia puede contarse de mil maneras distintas. Esto quiere decir que podemos contar lo mismo dos veces, pero que podemos variar el recurso constructivo de nuestra novela para enfocar de distinta manera esa misma trama y disponer así de dos novelas plenamente legítimas. Es decir, podemos contar el descubrimiento de América desde la personalidad de Cristóbal Colón, a través de su tripulación, desde el punto de vista de un polizón que ni siquiera la historia ha descubierto todavía… y hasta desde la perspectiva de los ociosos moradores de una nave extraterrestre que siguen con mofa y sorpresa las moralejas de los pasos de La Humanidad.

Eso no se toca. Es legitimidad de autor.

Luego está el estilo del novelista. Sencillo, farragoso, retorcido, vulgar, culto o cultísimo hasta aburrir… Este terreno es un poco más pantanoso, porque si bien la perspectiva con la que enfocamos la historia dice mucho del escritor, ya su calidad literaria depende directamente de cómo salga él solito de este mismo atolladero.

Hasta ahí, espero, nos ubicamos en el territorio de los gustos literarios de cada cual. No somos todos la misma pieza humana, por lo que lo que a unos nos gusta a otros nos horroriza (La Pinta, La Niña y La Santa María vistas desde el espacio… menuda estupidez). Con esto, queda claro que toda obra posee un margen de “acierto” y otro margen de “error”; 50% para cada vertiente (respecto a éxito o fracaso) es más que aceptable. A medio mundo le gustará tu estilo, y a la otra mitad le parecerá pésimo. Conseguir esto mismo es un buen balance y ya sabemos de novelas “insoportables” (la saga Crepúsculo, por ejemplo) que son grandes trabajos, y obras magníficas (Harry Potter) que se saltan todas las expectativas para casi conseguir la unanimidad.

Ahora bien, todo esto que queda atrás en estos primeros párrafos de este artículo, desde luego, son conceptos básicos literarios que se pueden discutir, pero que forman parte de lo correcto en toda novela; no porque no nos guste un libro quiere decir que sea papel mojado. Por tanto, el autor no falla, sino que disentimos con él… o con sus métodos, mejor dicho.

…Hasta aquí, todo consecuente. Lo que viene ahora forma ya parte de un fracaso del que el autor no puede escapar. No hay excusa, y es cuando el que escribe debe entonar el mea culpa y sacar su lado más humilde. Hablo, ni más ni menos, que de los errores de veracidad en una novela. Porque hay datos que no son propios ni del autor ni de su propia perspectiva, sino que forman parte de una barrera indestructible que no admite alteraciones.

Y por primera vez, y para ilustrar este artículo, voy a hacer algo para lo que no me siento legítimamente formado/reconocido como autor, que es usar la novela de otro escritor para dar nota de ejemplo de este tipo de falla. Y lo hago así porque, hasta que otro escritor o crítico encuentre en mis escritos un error del mismo calibre (que podría haberlo/s), tendré que “conformarme” con hacer referencia al autor Juan Manuel de Prada y su novela La Vida Invisible.

Hombre... “haberlos”… Haría falta mucho para igualar un error de la talla que voy a citar. En cuestión, en la novela se habla del magnicidio de John F. Kennedy en la ciudad de Dallas. Todos hemos visto esas imágenes; Kennedy y su esposa, Jacqueline, en un descapotable propicio para este tipo de brutal atentado. Hemos visto los tiros, la desesperación, La Historia en toda su magnitud… Pues bien, el señor Juan Manuel de Prada comete un error insostenible que los autores debemos eludir a toda costa, y es el de añadir detalles puntuales de un hecho más que contrastado cuando ocurre que no está seguro de que sean ciertos. Igual al autor le parecen todos los autos iguales (razón de más para evitar entrar en detalles), pero, en tal caso, hubiese salido al paso con, simplemente, citar que el señor Kennedy fue asesinado cuando viajaba en una limusina descapotable… pero, ¿¡en un Rolls Royce!?

En mi haber puedo no entender de moda, pero no me atrevería a escribir de Prada donde va un Louis Vuitton. Tampoco puedo decir que los taxis de Manhattan son verdes, o que el Golden Gate está en Los Ángeles; todo esto entraría en una historia de evidente corte alternativo a la realidad. Pero, si nos ceñimos a ella, en torno al coche de Kennedy hay una indestructible cohesión entre el personaje y el automóvil que lo acogió morir. Y no es un Rolls… es un Lincoln. Y es el Lincoln de Kennedy. De hecho, en los anuncios de coches de segunda mano, evidentemente en la rama del auto de colección, suele acompañarse la palabra Lincoln de la de Kennedy (the car of Kennedy, o algo así). Citar lo contrario sería como decir que el avión del presidente de Los Estados Unidos es un Airbus (cuando es un Boeing) o que Apple vende aspiradoras (quizá… tiempo al tiempo).

Lo que sí está claro es que, partiendo desde la premisa de que ningún presidente americano ha usado nunca como coche presidencial un auto extranjero (que para eso su industria de lujo está más que servida), esta cita tan arriesgada en el libro de este autor es un desliz enorme, máxime teniendo en cuenta que la novela contó con un curtido equipo humano que la desvistió una y otra vez en sus entresijos antes de ganar El Premio Primavera de Novela.

Esto, queridos autores, puede soslayarse. Así como hay mil maneras de contar la misma historia, hay mil maneras de pasar por alto detalles más que discutibles (y hasta vergonzosamente erróneos) siendo igualmente precisos en la historia. Sabemos que el auto era negro, enorme, descapotable… A menudo sobra decir más.

 

“…Y el presidente Kennedy, entre una nube de confeti, cruzaba en su Toyota Prius descapotable la avenida Roosevelt de Chicago cuando, de repente, se oyó un disparo. Luego otro, y un tercero, y entonces todo el mundo supo que La Historia había sufrido un nuevo revés con el bramido inconforme e inconfundible de las balas de un Kaláshnikov.”

 

 

sábado, 24 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 7) El talento


El talento

 


Jamás me atrevería a sugerir que, literariamente hablando, tengo el talento de mi mano. Espero no caer en ese absurdo; llegado el caso, es la gente la que debe decir eso, no yo.

Harina de otro costal sería hablar de predisposición, tendencia, atracción… aunque luego, a base de escribir páginas y más páginas, termines por ni hallarle el instinto literario a tu ADN.

Por ahora, comienzo este artículo diciendo que nadie le quite al que escribe todo eso, sus ánimos por las letras. Ya germinará el resultado de años en blanco, en gris o en negro, guste o no guste a los que deben decidir quién tiene talento y quién no. Porque, si bien es cierto que la calidad es subjetiva, la cantidad sí que puede medirse y hay gente con un ánimo infinito por comunicarse, hágase bien o hágase mal.

Eso, evidentemente, no es talento. Es una virtud diferente. Entretanto, y sin reivindicarme en nada, siguiendo en la línea de los que nacen con la predisposición hacia una materia determinada, me he sorprendido una y mil veces viendo documentales biográficos sobre toda suerte de actores, cómicos y cantantes para descubrir que, en su tierna niñez, quien no se enrolaba en las funciones de teatro del colegio, acaso alegraba las fiestas familiares con sus gracias o ya cantaba en la ducha. No sé si eso es talento o no, pero seguro que sí que es una predisposición natural.

En ese momento, justo en ese momento, y sin llegar a hablar de talento, es cuando recuerdo que de los deberes escolares solía olvidarme de muchos, pero seguro que llevaba a clase al día siguiente, con una orgullosa sonrisa en los labios, todas y cada una de tantas y cuantas redacciones hiciesen falta.

Sigue sin ser talento, pero sí que es predisposición. Aún gustaba de mecanografiarle a mi padre los presupuestos de su trabajo, y, después de teclear mis primeras aventuras en una máquina de escribir mecánica, llevado por ese instinto de charlatán de letras adquirí de mis propios medios, ya en la adolescencia, una de las primeras máquinas de escribir cargaditas de electrónica que me permitía indagar los resultados de lo escrito, previamente al papel, en una pequeña pantalla digital.

Mucho ha llovido desde entonces, y puede que aún no haya despertado mi comunión con la letra… como seguramente no haya enlazado el vínculo más importante, el del lector. Porque, hoy por hoy, sin menospreciar el trabajo de nadie y a sabiendas que seguramente el mío aqueja sus muchos errores, me sorprendo que el talento y el éxito no siempre están de la mano… o acaso me equivoco y el talento no tiene nada que ver con la forma de expresar ideas, sino en las ideas en sí.

No soy quién para criticar el trabajo ajeno, máxime cuando el mío palidece de soledad, pero a menudo me doy con la palma en la frente viendo que algunos textos más que venerados enredan toda clase de… de… me cuesta decirlo, pero hay que hacerlo: de mediocridad. No sé si me meto en aguas pantanosas, pero no sé definir si acaso el lector de hoy es menos exigente que el de antes, o las ideas que se transmiten actualmente a través de textos más que rudimentarios son tan geniales que no precisan de un soporte respetable.

Quizá el talento resida en eso, en “conectar”. Solo conectar, tal vez. Hay escritores que pueden centrifugarse los sesos, activar todos los resortes de sus mejores recursos y apelar a la inventiva lingüística más extrema describiendo de arriba abajo la trama más ingobernable… que luego vendrá un pimpollo o una pimpolla con “cuatro letras” que se lleve el gato al agua con una historia que, simplemente, “conecta”. Es así, y ahora mismo no tengo una definición exacta para lo que significa la palabra talento.

Sí sé (o intuyo saber) qué es un producto… una bazofia, una obra maestra o un espejismo, pero lo que sí tengo claro es que nadie se pone de acuerdo dónde se encuentra el talento hasta que la masa humana, las circunstancias, la suerte o vaya uno a saber qué conjugan un todo entre letra y persona, que termina siendo todos esos referentes que los que andamos sobrados de predisposición (sirvamos o no) perseguimos con humildad desde los primeros peldaños del camino hacia el talento: la paciencia delante nuestra siempre misteriosa hoja en blanco.

miércoles, 14 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 6) La “re-culturización” social


La “re-culturización” social
 
 

En cierta ocasión, un gran autor como lo es Arturo Pérez Reverte alegó de cierta España inculta alejada de las letras. Esto es una queja lógica, que al cabo viene a ser tan racional como si un empresario tabaquero se queja de que los españoles no fuman lo suficiente.

Hoy por hoy, en cambio, en este país que se publica más que se vende, sucede que la lectura, que no la literatura, ha tomado otros derroteros bien distintos a la utopía latina que propone el señor Pérez Reverte. Hoy se escribe mucho más que “se lee”… aunque es obvio que, a tenor de la trama que me traigo entre manos en este artículo, por ende se lee tanto como lo que es escrito. Hablo, ni más ni menos, de la intensiva acción de escritura que recae en nuestra nueva sociedad. Y no para libros y aventuras, dramas y epopeyas… sino para comunicarse. Hablo, pues, de la telefonía móvil.

¿Quién iba a creerse, solo diez años atrás, que la gente escribiría incluso al volante de sus automóviles?

¿Escribir…? ¿Es que estamos locos?

Y, aunque todo esto parezca irracional, tiene “sentido”. Las especies evolucionan dependiendo de las condiciones del medio en que se desenvuelven. Así pues, primero todos hablábamos no sé cuántos minutos de tarifa fija, luego enviábamos mensajes SMS hasta que éstos se extinguieron con la llegada del WhatsApp. Hoy, España está llena de “escritores”… o quizá tele-operadores o mecanógrafos autodidactas con virtudes más que sorprendentes; los he visto escribir a unas pulsaciones por minuto de infarto.

…Otro cantar es el contenido de lo que se escribe. Teniendo en cuenta que es mejor esto que nada, a menudo titubeo con cierta picaresca cuando alguno de mis hijos o mi mujer me tientan la corrección puntual de alguna palabreja de sus mensajes de WhatsApp  (no vayan a hacer el “ridículo”), a lo que a menudo quiero responder algo así como “depende… depende del destinatario”. Y que nadie se engañe. Tampoco hay que escribir estos mensajes de amigos y familia como en un examen para filólogos. A mí me sobra con que la gente haya vuelto a las letras, algo que, ya digo, hace no mucho tiempo era algo realmente impensable, cuando pensábamos que, en el futuro, nos “escribiríamos” con mensajes visuales directamente grabados con la cámara de nuestro reloj.

Y entretanto supongo que tanto texto es más bien baldío (y respetando todos los niveles “literarios”, aunque sea entre risas y bromas), sirva al menos este gesto de rompededos y quiebracuellos de sala de espera y autobús para que la gente esté en contacto con el abecedario, a pesar de que me choque que amigos que ya tenía en el olvido me enloquezcan a mensajitos de WhatsApp solo por la novedad de que hacerlo sale gratis (en la apetencia de que todo consumo de la red está infinitamente incluido en sus tarifas de pago). …Luego lo mejor de estas redes de comunicación son los refraneros, noticias y citas que suponen cierta vuelta a “la vieja escuela”, quizá más la atención al material informativo para quienes solo miraban el periódico para ver los resultados de la quiniela.

Vista esta nueva revolución cultural, cito que hasta de los bajos fondos sociales aparece gente con talento, y ya me dirijo a estos raperos que, al menos, riman y a menudo con tanto acierto como quienes se creen poetas consumados. También algo es algo y que sean bienvenidos. Quién sabe, porque el mundo gira y nadie es capaz de predecir qué nos va a deparar la próxima década, sea que la gente se aficione a la moda de hablar como Cyrano de Bergerac y más de un autor termine deseando que su sociedad vuelva a sus tan criticados orígenes, a esa plebe humana que escribía las b con v y viceversa.

No sé… No sé si en España se lee mucho… pero se escribe una barbaridad.

viernes, 9 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 5) La literatura y la política


La literatura y la política

 


Aún cuando a día de hoy imaginemos la política como un ejercicio alejado del mundo intelectual, máxime a tenor de los derroteros políticos actuales que toma nuestro país, a menudo no nos paramos a pensar cuán intensamente están ligadas esta materia y la materia de escribir. Más comúnmente de lo necesario, la política es un freno radical a la expresión periodística y, desde luego, cómo no va a serlo en el resto del material escrito, sobretodo de un libro.

Siguiendo aún con la trama de la prensa, yo mismo he sentido verdadera desilusión al comprender que muchos rotativos tienen un carácter predefinido antes de que se imprima en sus titulares una sola palabra. Es, a fin de cuentas, interpretar las cosas forzosamente desde un prisma pulido de un canto determinado a sabiendas de enlucir una opinión interesada. De esto tampoco escapa nuestro país.

Es la política, que tiene un alcance mayor de lo esperado. Es “educadora” (para bien o para mal) y en este artículo citaré la política de ciertas regiones del mundo que no solo merman la expresividad escrita, sino que incluso la desvinculan de su pueblo (en todos los sentidos).

Ya sabemos en qué sociedades tienen cortadas las alas nuestros hidalgos de la letra. En algunas, simplemente, estos escritores no existen. En otras, lo que escriben está convenientemente politizado.

Por tanto, escribir esto último, ¿es escribir?

Escribir es todo, eso está claro. De hecho, la gran mayoría de los libros son “mera” ficción. Entretanto, el engranaje manipulador de ciertas políticas adscriben autores sometidos o partícipes de un ideario político para que reflejen en sus obras una ficción no ya que escapa de lo imaginado, sino ligada a la conveniencia política, de tinte detestable (servil a fines no literarios). A menudo, el cariz de esa literatura (ya casi perversa) es de “todo va sobre ruedas” y se escribe sobre un modus vivendi ideal, cuando en el fondo ocurre que estos trabajos literarios están, más que censurados, retorcidos camino a esconder los fracasos (o el éxito) de un ejecutivo político.

Noticias me han llegado de un norcoreano minero que se convirtió en un afamado escritor de su país cuando envió sus relatos al gobierno y éste decidió contratarlo. Extraña editorial… Como mínimo sospechosa. ¿Escribiría, pues, de los apagones en su tierra natal? ¿De un demonio llamado Occidente?

Del otro lado del mundo, de Cuba, me llegan informaciones sobre las obras realmente admiradas por La Revolución, en especial aquellas cuyos protagonistas son gente aburrida y desorientada en su vida prerrevolucionaria, modo de que sea justificado de paso el modelo de reforma social del régimen cubano. A sabiendas de ello, el resto no interesa. La editorial “ciudadana” que es este estado elije escrupulosamente aquello que llega al pueblo solamente por fines políticos. Así pues, esto es una contradicción de principios, a saber que, si somos comunistas, un libro debería escribirse por todos y para todos, independientemente de su contenido (como en democracia, ¿no es así?) Y, si vamos escribir un libro entre todos, ¿valen todas las opiniones, o solo aquellas de una minoría de la cúpula gubernativa?

Sobra decir que podemos diferenciar entre la ficción de una historia libremente pensada a la ficción de un escrito supervisado para el germen de una propaganda engañosa, como lo es quitar de novelas coreanas o cubanas la hambruna y las deficiencias de unos modelos de convivencia como mínimo enrevesados. Ficción sobre ficción, podría definirse. Y, más que censura, eso mismo de lo que hablo: exaltación interesada.

…Me queda aún por decir algo que, en su momento, me pareció chocante. No sé si me confundo o, por favor, que alguien me rectifique, pero a tenor de lo leído (si he leído bien) uno de nuestros maestros literarios (nobel merecido) era tertuliano y simpatizante de Fidel. ¿Quizá muy de izquierdas? …No llego a esos datos, pero sí me da por pensar que, a cuenta de que el mayor grado de censura es evitar, directamente, que el autor exista, en esos ambientes politizados de estas “revoluciones” cuán desperdiciado hubiera estado este señor si alguien hubiese decidido, por él, que su misión en el mundo era dedicarse a remendar zapatos, que no le hubieran dado la oportunidad de, libremente, enfrentarse a esa selección natural que, en libertad, se comprometen para su supervivencia los autores de verdad.

¿Hay mayor ficción que esa?

martes, 23 de diciembre de 2014

Taller Literario (artículo nº 4) La originalidad

      La originalidad



Si bien es cierto que ningún escritor puede escapar de la letra, no es menos cierto que no puede rehuir de lo escrito.

Esta aparente estupidez viene a cuento de que el autor, por un lado, está supeditado a la hora de escribir no tanto ya a su idioma, sexo o condición sexual, sus vivencias personales… sino a su cultura, y la cultura es todo aquello que él mismo crea… pero asimismo todo lo que se ha volcado previamente en él para convertirlo en escritor. Esta obviedad se tambalea cuando este escritor accede a otras sociedades (ya sea en el espacio o en el tiempo, inclusive imaginarias) buscando nuevos horizontes, aunque, de todos modos, lo que hará, a grandes rasgos, no es sino seguir el camino andado por sus antecesores.

¿Se puede ser completamente original? Es decir, ¿puede el autor realmente innovar en un género literario?

Con permiso de estos antecesores de los que hablo, las novelas de hace doscientos años atrás no deberían estar hablando de epopeyas galácticas, ni de robots o vida artificial, de gente enganchada a su teléfono móvil… Hace doscientos años nos hubiera parecido realmente patético descubrir que la gente actual viaja, y encima inconsciente a las fenomenales circunstancias, a bordo de un artilugio con alas mucho más pesado que el aire y más alto que las nubes mientras el personal no despega la mirada de su WhatsApp, tecleando la pantallita de su celular con verdadera devoción como si anduviese hipnotizada por una fuerza superior.

¿Tendría éxito hoy día una novela de seres humanos debidamente informatizados, sin sentimientos, sin hambre, sin sueño, sin problemas…? Dentro de doscientos años, quizá la gente lleve una computadora en las retinas, se alimente de una pila de combustible y no le apetezca ni reproducirse. ¿Quién sabe? es el futuro, lo que quiere decir que pasarse de original no tiene sentido si no añadimos a esta novela de evidente ciencia-ficción (que terminará siendo una novela sobre la vida cotidiana de alguna era en cuestión) unas vicisitudes actuales. Generalmente enfrentamos a las insectívoras invasiones extraterrestres a la calidad del sentimiento humano (rebeldes resistiendo la invasión con un coraje y comunión muy loables), o, dentro de esas sociedades frías y calculadoras de hombres y mujeres ordenados en un futuro triste y vacío, camino al interés popular inventamos la mal función cerebral de una de estas personas clonadas que, de repente, nace con los viejos valores de una humanidad ya extinta en sus emociones y propone escapar de un sistema de vida matemático y funcional.

Es decir, la originalidad tiene su precio, y si no queremos estrellarnos es mejor andar con pies de plomo y no innovar en exceso para no toparnos con el rechazo. Así pues, no es buena idea que nuestro protagonista, personajes o circunstancias se desboquen. Puede que me equivoque, pero parece que el modelo actual de innovación literaria parece ser justo el que la demanda prefiere, y es la que se alimenta de géneros preexistentes añadiendo ligeras modificaciones; cuando ya nos hemos cansado de historias de vampiros, a secas, le añadimos a la trama a sus sempiternos enemigos los licántropos, por ejemplo. Una trama de fantasía épica con tintes menos infantiles y más realistas de lo habitual han hecho a Juego de Tronos todo un fenómeno, como unas divertidas aventuras de unos chavales en una escuela de hechicería (donde cualquier niño del mundo quisiera ingresar) han sido los cócteles afortunados para convertir la saga de Harry Potter en uno de los mayores éxitos literarios conocidos.

Entonces, si no innovamos demasiado, ¿qué nos queda para encontrar la llave de la aceptación popular a lo que escribimos?

…Esa pregunta es tan enigmática y tan arraigada, y ¿quién sabe? quizá tanto a la fortuna como al destino, que así, a “sangre fría”, es absolutamente irresoluble. Ya se han convertido a un par de cowboys en amantes, como hemos visto a un oso panda haciendo kung-fu. Mientras, y siguiendo con la tendencia cinematográfica (absolutamente válida para con el mundo literario) el éxito más entrañable de la historia del cine trata asimismo de una historia de fantasía épica en el espacio exterior, con caballeros Jedi a espada, malos con armadura, magia y aventura a la vieja usanza, donde la ciencia ficción parece más de una peli de La Segunda Guerra Mundial que otra cosa. Así pues, quizá para nuestra próxima novela de acción y éxito popular deberíamos meter en una saca cientos de caracteres y circunstancias posibles en tantas y tantas papeletas como nos sea posible, irlas desentramando al azar y esbozar así una historia realmente innovadora que despierte el interés del público… o que nos hunda definitivamente en el pozo del fracaso. Eso sí, sin pasarse; el aura y carácter de las actuales civilizaciones humanas sigue siendo válido, mientras que las emociones románticas, el odio, la amistad, y otros muchos valores “de manual” son los que siempre deben perdurar en nuestras paranoias escritas.

Al fin, mi consejo es escribir, y hacerlo sin remordimientos de ninguna clase porque nuestros antecesores ya hayan levantado los cimientos culturales de los que nos alimentamos todos al escribir. Hagamos del protagonista el malo, de la víctima el asesino, del final el principio… pero no nos desliguemos demasiado de lo común porque aún faltan doscientos años para que seamos unos bichos raros.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Taller Literario (artículo nº 3) La inspiración.


La inspiración.
 
 
 

…Por no llamarlo el gran escollo. Y es que, en algún punto determinado de nuestra literatura, ésta se atasca y no termina de salir. Es entonces que al autor se frustra y le nacen esas absurdas dudas existenciales sobre si de verdad está hecho de la naturaleza apropiada para lo que hace.

Nada más lejos de la realidad. Aquí mismo, por estas letras, este artículo está “abierto” un lunes, madurado un miércoles y escrito un viernes. Y a eso voy. En materia escrita, las prisas no son buenas. En nuestra novela quizá matemos al personaje equivocado demasiado pronto, o reparemos demasiado tarde que no hemos añadido suficientes argumentos para desembocar adonde nos precipitamos ya en caída libre.

El ejercicio de escribir es esto mismo, deliciosamente frustrante porque a menudo termina siendo impredecible hasta para el escritor (creo que si no hubiera sorpresas en la literatura, no valdría la pena ni ponerse a escribir). En algún momento las páginas nos dirán basta y serán ellas, aparentemente tan mansas, las que se comuniquen con nosotros. Y es que en lo escrito habrá una circunstancia maliciosamente irresoluble en la que nos maldeciremos por habernos metido en este embrollo del que no podemos salir. Y aquí, entonces, es cuando hay que dejar que un callejón sin salida actúe como eso mismo, como un callejón sin salida. Porque debemos salir, desde luego y antes de malograr un texto, y “airear” esta historia que nos trae de cabeza. Quizá volver a sopesarla, tratar de trabarla con alguna otra cosa… o, mejor que mejor, dejarla aparcada.

Con el tiempo, así como nuestra historia nació de un flash (así funcionamos), su resolución o la traba que nos tiene en el dique seco literario se resolverá con un golpe de gracia. En el momento menos pensado, la alternativa al fracaso tomará forma por sí misma, haciendo honor a esa máxima en que lo que buscas nunca está cuando lo necesitas, sino cuando el destino te lo pone caprichosamente de la mano. ¿Te suena? Es decir, es la misma cuestión que cuando buscamos algo en el trastero (y hasta por casa) y no aparece sino cuando no lo necesitamos. Haz uso de esta filosofía y verás que te servirá, antes de desechar un proyecto que parece no conducir a ninguna parte.

Y, mientras, ¿qué hacemos? ¿Nos tiramos de los pelos?

Nada de eso. Un parón literario solo invita a escribir. Es el momento de aprovechar para empezar otros proyectos. Quizá desempolvar el rinconcito poético y amansar la vorágine del tacto en prosa, pasar a otro género literario para desintoxicarse, fantasear, hacer un cuento corto (incluso leer) o aprovechar este estancamiento en una novela para retomar otra que ya nos dejó colgados antes. Seguro que, mientras conducimos, tomando un café, quizá paseando, todas las dudas se despejan y podremos retomar todos y cada uno de nuestros trabajos.

…No es casual que haya mencionado lo de pasear. A mí me funciona. Aún con todo, reconozco que el modo “flash” (un modo automático que tenemos en la mente) es lo que más suele sorprenderme, pero, entretanto, un paseo aviva las neuronas. Ya leí alguna vez que acelerar nuestro ritmo vital (la circulación arterial, para que nos entendamos) por mera lógica aumenta el riego sanguíneo de nuestro cerebro, oxigenándolo y estimulándolo cara a nuevas y espontáneas ideas. Y, sea o no cierto ese artículo que leí, ya sea por sugestión o por cualquier otra cosa, caminar funciona.

Del otro lado, siempre con la falla de inspiración en mente, creo con firmeza que hay dos formas de escribir. Una de ellas es planificarlo todo. Con relación a ello, supongo que habrá gente que haga un esquema o boceto de su historia a contar. El principio, las tramas, la resolución…

La otra forma de hacerlo es plasmar tus ideas en el papel dejando que tú seas tu primer lector. Eso es echarlo todo a suertes, pero tengo en mi haber algunas novelas así (Muñequitas de Lalá, Amanda Cage, etc) que cara al público han funcionado muy bien. Es decir, son productos de momentos de crisis literaria donde podría decirse que la falta de ideas ha dado como fruto unos escritos aceptables (no lo digo yo, lo dicen mis lectores). Entretanto, no puedo soslayar que hasta la novela más concienzudamente planificada tiene sus sorpresas para el escritor. Yo, en mi experiencia, dejo que mis libros tenga un cincuenta por ciento de planificación y otro tanto de improvisación, pues es obvio que la estimulación del autor puede venir antes de escribir… pero que, escribiendo, nunca mejor estado de gracia para congraciarse con lo que uno escribe, para abrir nuevas puertas que no teníamos ni meditadas. Como base, basta imaginar que te apetece hablar de un tema, de una idea, y luego ya todo viene rodado.

Mucha suerte y que la inspiración os acompañe.

 

 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Taller Literario (artículo nº 2) Describir paisajes y lugares.


Describir paisajes y lugares.

 


Hay un punto débil en todo autor que éste debe intentar soslayar a toda costa en sus obras, y ese hándicap no es otro que sobrevalorar lo que describe, darlo todo por bueno. Entusiasmado de sus líneas, quizá no se percate a tiempo que el lector (sobretodo el actual) no está como para perder el tiempo en extensas recreaciones.

Hablo, pues, de ese instante (se espera siempre que sea un trance corto, si no estamos muertos) en el que se pierde la conexión con el receptor de nuestra literatura y puede aparecer en él algún gesto inequívoco de hartazgo (respirar hondo, cambiar la pose en el sofá, estirarse…). Cuando eso ocurre, algo va mal. Una novela no debe permitir que el lector salga de sus páginas, pues en la mayoría de los casos habremos sido nosotros mismos los que lo habremos echado a patadas.

Es obvio que hay momentos en la historia en los que el interés decae porque deben darse párrafos meramente escénicos o explicativos del entorno o de la trama. Si esto no aporta nada nuevo que despierte el interés, el autor debe recrearse lo menos posible en ellos. Hablo de las interminables descripciones de paisajes y lugares, o de esos desayunos tediosos de ciertos personajes que no hacen sino añadir paja a lo escrito.

Mi ideal es que, cuando algo no sea consistente, acortarlo. He visto párrafos y párrafos cansinos y devoradores de páginas en los que no ocurre nada, y ahí es donde el autor debe despertar de su magnificencia y elegir entre recrearse en su historia o producir en ella. De nada sirve agotar la psique de un lector con la descripción casi fotográfica de un jardín, su enlosado de piedra, sus bancas de madera, si no añadimos a todo ello algo que tenga un contexto más personalizado que atrape la atención del lector. Si hablamos de ese jardín, por ejemplo, es más importante describir qué significa para la historia, sus personajes o la trama que acaso puntualizar cada detalle para que el lector se haga cuenta del jardín de nuestros sueños. Todos sabemos ya lo que es un jardín (he visto párrafos describiendo cuántas por cuántas pulgadas tiene), y solo debemos hablar de él todo aquello que redondee sensaciones, como que la excesiva alineación de los colores en el mismo identifica un factor maníaco en su cuidador, así como su pinta primaveral puede describir no solo un jardín magnífico, sino la plenitud de vida de la familia que habita la casa… como acaso su lobreguez el desánimo y la tristeza  de esa misma prole. En este último caso podemos añadir que las hojas secas revolotean como papel quemado (que nadie barre), y que soplan murmullos de viento gris que se desgarran con las ramas despobladas de los árboles, que son ahora mismo lo más que se comenta en casa. Poco más. El resto lo añade el lector. Ya sabemos que nadie cuida el jardín, como seguramente los personajes de la historia no lo frecuentan ni lo miman, como tampoco tendrán ánimos para ninguna otra cosa (ni para hablar entre ellos) y, de un plumazo, hemos añadido a la descripción del jardín de la casa algunos detalles sobre la personalidad y relación de nuestros personajes, tan desolados y enfrentados como el jardín y la primavera.

Uf, conseguir identificar qué sirve y qué no sirve para nuestra novela es complicado. Ante la duda, acortar siempre, teniendo en cuenta que el autor se enfrenta una y otra vez al desafío de no tener que rebosar innecesariamente de imágenes la cabeza ajena (que la mente del lector no está tan vacía como la de un bebé), sino que éste ya viene llenito de información y lo único que debemos hacer es despertar su propia visión de los hechos y lugares en el papel. Apenas eso, un calambrazo, no una electrocución de sus neuronas.