lunes, 30 de marzo de 2015

Taller Literario nº 15 Un gran éxito ¿editorial? Ambiciones y reflexiones, de Belén Esteban





Este artículo está escrito con todos los prejuicios sociales imaginables, puesto que voy a especular simple y llanamente con lo que a muchos nos espina con relación al tremendo éxito de ventas de un libro llamado Ambiciones y reflexiones, “de” Belén Esteban.

Y no lo he leído (no descarto ojearlo) y puede parecer un poco injusto hablar de un texto del que solo conoces la portada y sus antecedentes, pero es obvio que se trata de un producto singular en un medio singularmente contrapuesto a los talentos que muchos prejuiciosos (sin ánimo de ofender y cada cual a sus virtudes) pensamos puedan estar correlacionados con la princesa del pueblo.

No lo he leído, repito, pero, según dicen algunas fuentes, más allá de lo confirmado en el prólogo, las malas lenguas aseveran que cuenta en toda su extensión con la pluma ya acreditada de Boris Izaguirre… lo que podría suponer que, fuera ya de si de este ejemplar pueda o no sacarse algo que valga la pena, al menos no encontraremos en él una literatura a nivel de un Gran Hermano VIP. Y, de todos modos, aunque este verdadero escritor no estuviera entre líneas en este trabajo, imaginamos que cualquier otro negro podría suplir satisfactoriamente a la verdadera Esteban visto lo visto en su capacidad de lidia con un teclado, y, sin entrar en más detalles, para con, como mínimo, pormenores de la talla de los plazos de entrega a la editorial.

En la primera cuestión que me nace a la hora de enfrentar este verdadero éxito editorial (se habla de cien mil ejemplares despachados en el primer mes), me cunde la rasquiña de perderme a la hora de calificar qué clase de mercado tenemos. De pensar así, surge siempre la duda de si España va para alguna parte, ahora que, culturalmente hablando, estamos más que nutridos de noticias netamente pesimistas al respecto, como las de esos aspirantes a profesores de primaria que no aprueban unas oposiciones de risa, o la verdadera escasez de ventas de libros. Y Belén Esteban, y su título, no son la excepción que confirma la regla. Ni mucho menos. Hay que saber analizar la situación. Puede que los sabedores de lo escrito y las vacas sagradas del texto en español crean que este tipo de goles de mercado, donde un temario a priori poco cultural hace estragos, supone que esto va para atrás. Sin embargo, es obvio que es más que probable que la gran mayoría esas cien mil ventas no se correspondan con personas que habitualmente compran un libro. Con perdón (y mil perdones más porque hablamos de un tema delicado que puede malinterpretarse), seguramente este fenómeno debe medirse con una vara distinta a la del pesimismo y aceptar que Belén Esteban y su libro es algo bueno en el ámbito social que aparentemente combatimos los que pensamos que cultura es algo distinto a lo que puede ofrecer la telebasura. Por un lado puede que su existencia y latencia en las librerías, hablo del libro, pueda parecer un sacrilegio, pero, por el otro, qué duda cabe que bienvenido sea si consigue que cien mil personas habitualmente alejadas de las publicaciones sin imágenes gráficas (aunque esto siga siendo leer chismes) se enganchen de alguna manera a leer un texto que no se corresponde con una tirada semanal.

¿Quién sabe…? …Es un poco optimista pensar que, de Ambiciones y reflexiones, la gente se pase a Platero y yo. Sin embargo, algo es algo. El mundo editorial debería congratularse si con esto se consigue que apenas un uno por ciento de los lectores de Belén Esteban se quede con ganas de conocer algo más del mundo escrito. Es… algo así como el primer libro para un niño: si el chaval se engancha, quizá se enganche de por vida. …Ya sabíamos de antemano que a saber hasta qué punto el compromiso cultural está directamente supeditado a las normas del mercado. Es más, a las normas del mercado de entretenimiento, o del mercado de la des-cultura. Y esto no es un soplo de aire fresco ni nada parecido, ni va a revolucionar el mercado editorial, y seguramente supone una intromisión que quizá perjudica la imagen del lector tipo español. Es, económicamente, apenas un extra paralelo a las ventas realmente culturales que, de paso, en España siguen siendo realmente bajas saque no saque al mercado su libro alguien tan alejado de la profesión de escritor.

Algún talento tendrá esta mujer. Todo el mundo lo tiene. Se le burlen o no por lo que hace o por lo que no hace, ha sabido jugar sus cartas para solidificar el humo de su vida privada y venderlo a peso, que es más o menos lo que hacen los que escriben, legítimamente, su propia biografía. Está claro que cada cual tiene su público, y que algunos nichos de ese público no están reñidos con otros. Esto duele y preocupa por lo económico y por la hazaña, pero sería un ataque de inmadurez que un escritor cualquiera envidie lo que no es un pulso directo a sus virtudes. Aunque pise territorio ajeno, este libro existe al margen de todos los demás.

Y esto no es una burla y un linchamiento. Zapatero a tus zapatos, y ya tenemos sabido que el éxito de Belén se basa en la tragicomedia, que su rendimiento bebe de ciertas dosis de la comicidad que despierta en un público que ni la toma ni la deja de tomar en serio, y que del escándalo y la excentricidad comen los personajes de la farándula nacional que no tienen más oficio que el de entretener ratos, aunque nunca se aprenda nada. Por ello, posiblemente de Ambiciones y reflexiones no se saque mucho más que aquello que siempre ha podido sacarse de ciertos programas de televisión. Cuando no, será un título que coja polvo en la estantería de casa pero haya supuesto un regalo divertido y ameno para momentos puntuales (como esas teticas andantes y de cuerda del sexshop).

 Tanto así, sabiendo de dónde viene y para adónde va, cuanta más polémica genere este título, mejor le irá. Y que nadie se sienta ridiculizado, sobretodo los autores noveles y sin nada en la calle, que Belén no ha venido para quedarse. Es casual y finito, como todo lo que vende esta actualidad de conflictos y rifirrafes de exclusiva, la mayoría magnificados a conciencia. Hablamos de un mundo paralelo, y, ¿quién sabe? quizá en uno de esos mundos paralelos, nuestra querida Belén escriba “el Harry Potter”… pero, cierto es y antes de pisotear el trabajo de nadie, recordemos las grandes pifias que todos los que escribimos sonsacamos de nuestras sienes de horas bajas, las mismas ideas y epopeyas que se estrellan contra un público inmisericorde que, a sabiendas que pone sus pocos recursos a las voluntades de nuestras letras, se corrompen a degüello en nuestra contra con esos libros que no vale la pena leer. Porque seguro, seguro, Ambiciones y reflexiones tiene una virtud primaria de la que carecen todas nuestras tentativas, que no es otra cosa que ofrecer a sus lectores y lectoras precisamente aquello que éstos y éstas buscan entre sus páginas.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Taller Literario nº 14 Corregir un texto (Morir bajo tu cielo, de Juan Manuel de Prada)



El otro día recibí una crítica algo ambigua sobre uno de mis artículos que, poco más o menos y palabra arriba palabra abajo, se podría resumir así: ¿va en serio lo de taller literario?
En fin, no sé si esa persona se refería a que no trasmito en condiciones mínimamente literarias, o que la temática que suelo elegir para mis escritos de blog se desvinculan de esta materia. Y, la verdad, como uno es un iluso, creo pensar que es más de lo segundo. Espero que sea eso…
Así pues, para meternos algo más en sustancia, me voy a atrever a intentar mejorar algunos aspectos de un texto ya de nivel profesional. Serán quienes lean este artículo los que sopesarán si vale la pena o no la corrección (o “mejora”) atendiendo a que soy un firme defensor de transmitir al lector siempre por el camino más corto y más fluido, en no sacar de la página a nuestros receptores con un embrollo innecesario y “muretes” en el devenir sintáctico de las oraciones.
Para justificarme un poco más en la creencia de que no existe el autor total (hasta García Márquez revisó Cien años de soledad en una tirada conmemorativa… o, al menos, eso decía la propaganda), declaro abiertamente que todo autor debería tener detrás un despiadado equipo humano capaz de destriparle el texto y de negociarle los detalles de la huella de su oficio.
Así pues, este miserable que no ha demostrado nada elige a un autor del que le encantan muchas de sus salidas, pero que, al mismo tiempo, parece que, como nos pasa a todos, podría… “negociarse”. Hablo de Juan Manuel de Prada (ya lo he citado alguna vez en mis artículos de amateur) y, para estar a la última de esta actualidad, precisamente del primer capítulo de su recién obra Morir bajo tu cielo.
Y anticipo que esto no es recibir a dentelladas el texto, ni meterse de lleno a capricho, sangre y fuego. Es un análisis casi casual y rutinario de algunos detalles que, sin prestar una atención absoluta, suenan un poco… “removibles”. Sobretodo, en este ejercicio es vital no cambiar ni un ápice el contenido, pero sí facilitar su asimilación a la persona que lo lee. Así logremos fluidez y claridad sin quitar ni un gramo de información.
Veamos…
Página 13. (Aquí empieza el primer capítulo)
Teodorico Novicio cerró por un instante los ojos, para espantar el merodeo de aquellos pensamientos, que no dejaban de rondarlo.
Mejorado:
Teodorico Novicio cerró por un instante los ojos para espantar el merodeo de aquellos pensamientos que no dejaban de rondarlo.
(Tan sencillo como quitar todas y cada una de las comas).
Página 15.
Aunque le gustaban mucho más las partidas de naipes y las peleas de gallos que las tenidas, Novicio había participado en ellas, siquiera remolonamente, durante varios años, por no disgustar a su primo Juan Luna…
Mejorado:
Aunque le gustaban mucho más las partidas de naipes y las peleas de gallos que las tenidas, durante varios años Novicio había participado en ellas, siquiera remolonamente, por no disgustar a su primo Juan Luna…
Página 19.
Sin embargo, para su sorpresa, su auditorio la aceptaba sin rechistar, como los niños aceptan la existencia de las hadas y los trasgos, incluso se enardecían y exaltaban mientras les evocaba ese imaginario…
Mejorado o desambiguación:
Sin embargo, para su sorpresa, su auditorio la aceptaba sin rechistar, como los niños aceptan la existencia de las hadas y los trasgos. Incluso, estos “críos” se enardecían y exaltaban mientras les evocaba ese imaginario…
NOTA: En la frase habla de su auditorio, no de los niños, que no se enardecen ni exaltan porque no existen en la convocatoria que se cita en el texto.
Página 20.
…mientras arrojaba su cuerpo muerto a una caldera de agua hirviente para después…
 Mejorado:
…mientras arrojaba su cuerpo muerto a una caldera de agua hirviendo para después…
NOTA: Espero no equivocarme (para eso estamos negociando una mejora), pero el “agua hirviente” suena más acorde a aguas que permanentemente tienen esa cualidad. Por ejemplo, las aguas hirvientes de una terma natural, o algo por el estilo. Quizá, el agua de la caldera está momentáneamente hirviente (no es una cualidad intrínseca constante) y no puede compararse con aguas pestilentes o aguas cristalinas, que sí tienen  una cualidad más longeva. Agua hirviendo suena más razonable, pues el agua no es “hirviente” por sí misma, sino mientras esté hirviendo en la caldera (menudo lío).
Página 20 y 21.
Algo semejante había experimentado la semana anterior, cuando por primera vez se decidió a visitar Baler, supuestamente para preparar el ataque a la guarnición militar y estudiar sus defensas, pero en realidad deseoso de volver a abrazar a sus familiares, después de tantos años de alejamiento, y de pasear sus calles, para recuperar las huellas extraviadas de la infancia.
Mejorado:
Algo semejante había experimentado la semana anterior, cuando, por primera vez, se decidió a visitar Baler supuestamente para preparar el ataque a la guarnición militar y estudiar sus defensas, pero, en realidad, deseoso de volver a abrazar a sus familiares, después de tantos años de alejamiento, y de pasear sus calles para recuperar las huellas extraviadas de la infancia.
Página 23.
Todavía algún balereño regresaba a casa, después de la jornada en el campo, aguijoneando en vano a su carabao, que iba rastrillando con los cuernos, cabizbajo, el camino, como si lo quisiera sembrar con sus legañas.
Mejorado:
Todavía algún balereño regresaba a casa, después de la jornada en el campo, aguijoneando en vano a su carabao que, cabizbajo, iba rastrillando con los cuernos el camino como si lo quisiera sembrar con sus legañas.
Página 30
Sus fieles respondieron jubilosamente, blandiendo los bolos, galvanizados por el ardor guerrero que les transmitían las vísceras del cálao, que habían devorado sin tomar aliento, atragantándose casi, y cuya sustancia ya se inmiscuía en su sangre, como un combustible preternatural.
Mejorado:
Sus fieles respondieron jubilosamente blandiendo los bolos, galvanizados por el ardor guerrero que les transmitían las vísceras del cálao que habían devorado sin tomar aliento, atragantándose casi, y cuya sustancia ya se inmiscuía en su sangre como un combustible preternatural.
Página 31.
Blandían los bolos de un modo muy escasamente guerrero, como si se dispusieran a cortar forraje; y algunos ni siquiera tenían bolo y se conformaban con enarbolar aperos de labranza, de utilidad más que dudosa.
Mejorado:
Blandían los bolos de un modo muy escasamente guerrero, como si se dispusieran a cortar forraje, y algunos ni siquiera tenían bolo y se conformaban con enarbolar aperos de labranza de utilidad más que dudosa.
Página 34.
Tensó el arco y apuntó al corazón del teniente, sabiendo que no le iba a disparar, salvo que hiciese algún movimiento brusco.
Mejorado:
Tensó el arco y apuntó al corazón del teniente, sabiendo que no le iba a disparar salvo que hiciese algún movimiento brusco.
Mejorado opción segunda:
Tensó el arco y apuntó al corazón del teniente sabiendo que no le iba a disparar… salvo que hiciese algún movimiento brusco.
NOTA: Con los puntos suspensivos añadimos incertidumbre.
Opinión personal:
Se cita un quinqué en plena noche que es un cónclave de polillas. Al citarse de nuevo no debería usarse otra vez que es un cónclave, sino que quizá es mejor referirse directamente a las polillas y citar al “enjambre”. Repetir el recurso lo desvirtúa.
Termino este análisis señalando el uso desproporcionado del punto y coma, que, si bien a veces está usado para enlazar conceptos razonablemente, en otras muchas (demasiadas) está ahí para conformar una barrera lectora incómoda y poco audaz que debería ser sustituida por una simple coma, el recurso primario de la lectura que facilita enormemente este tipo de cosas. O es un intento baldío de originalidad, o una obsesión que debería haber sido contenida, pues estropea el texto.
En otras frases, incomprensiblemente no se usa.
Un ejemplo:
Entonces sonó una voz milenaria, totémica, en la que se compendiaba todo su árbol genealógico, generaciones y generaciones de hombres mansos, caballerosos y honorables.
Mejorado o ¿negociado?:
Entonces sonó una voz milenaria, totémica, en la que se compendiaba todo su árbol genealógico; generaciones y generaciones de hombres mansos, caballerosos y honorables.
(¿Por qué? Pues… porque las generaciones y generaciones de hombres mansos, caballerosos y honorables, no son un añadido al árbol genealógico, sino parte de él. Espero que se entienda.)
Y esto es todo, resuelto muy por encima. Y sobretodo añadiendo que este autor tiene unos recursos geniales y una cultura bien ancha, grandes dosis de conocimiento de lo que hace… pero, en fin, todos somos humanos. Y por supuesto que me señalo a mí como el primero que necesita ayuda urgente en lo que hace y que, probablemente, seré justamente destripado cuando comparta todos mis textos, cosa que debo aceptar porque no soy yo quien está en juego, sino la cultura de todos, la misma que muchos grandes intelectos aseveran que escasea en la calle pero les sobra en sus textos.
Y sumo: al terminar este sencillo ejercicio algunos dirán “oye, dedícate a escribir lo tuyo y deja el texto ajeno…” pero, como reclamaba ese lector mío que criticó mi espacio, este es el supuesto “Taller Literario”, ¿no? Algo habrá que trabajar y no quiero que sean solos mis tejemanejes al teclado. Espero que a alguien le haya servido y me pueda justificar en el uso del material ajeno a tenor de que todo esto tenga sentido.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Taller Literario nº 13 El Gran Hermano de la cultura


En estos días, vía telediario, hemos visto completamente sorprendidos e indignados a un verdadero imbécil “gastándole una broma” a una mujer que esperaba el autobús (o cruzar un paso de cebra) dándole una verdadera patada traicionera a sus tobillos para verla caer. Evidentemente, un compinche igual de idiota que él lo grababa todo con su móvil y, de ahí, a “la gran pantalla”, al estrellato o a esa fama de los incoherentes e inútiles de esta sociedad que tienen que llegar a ser algo con este tipo de absurdos porque, de lo contrario, ni siquiera sus madres se acordarían de ellos.

Se nota que estoy indignado…

Vayamos por partes, para que el artículo no se me vaya de las manos. Ya sabemos que Youtube y las redes sociales han revitalizado o dado sentido a un sinfín de desesperanzados que buscan notoriedad haciendo el bobo en sus vídeos. Algunos se pegan fuego, otros se rompen la crisma en sus piruetas, los hay que graban a sus hijos pasándolo mal y quienes, lamentablemente, se dedican a hacer daño a desconocidos para tener algo “artístico” que enseñar a la plebe. Sí, como en un circo romano.

¿Por qué?

En fin, ante todo hay que explicar que somos seres sociales (o “sociales”, que se entiende mejor) y este tipo de comportamientos, aunque parezca mentira, no solo abarca este delirio cinematográfico de poca catadura moral, sino que inspira y promueve toda clase de expresiones humanas cara a sentirnos algo dentro de nuestro grupo. Es decir, habrá quien se promueva vista a los demás con el ansia de sentirse no solo observado, existente, sino además hasta idolatrado. Cara a esto, quien pueda ofrecer algo que valga la pena, bien recibido sea. Lamentablemente, también hay quien no tiene nada que aportar y debe hacerse conocer, llenar su vida, haciéndose eco a los demás con travesuras y hasta crímenes.

Dejando claro de forma definitiva que esto de los vídeos basura no tiene nada que ver con la cultura salvo en la esencia de esa ansiedad en hacerse saber en la sociedad, culturalmente hablando y ya para con todas las manifestaciones posibles de la cultura, identifico ya mismo el fenómeno del Gran Hermano, ese observador indefinido e indefinible que hará juicio de todo cuando hayamos hecho, de todo cuanto hayamos dejado como constancia. Suena delirante, pero es cierto. Lo anticipa el pintor, sobre quiénes verán y enjuiciarán su cuadro. Lo aguarda el escultor, con sus obras, el director de cine, el actor… y, en fin, sería absurdo poner más ejemplos porque ya sabemos de qué va esto. En lo que me concierne, el autor escrito también tiene pensado y sabido de ese observador inquietante e imposible de definir porque ya sospecha que todo cuanto vaya a añadir a la porción de cultura que le toca va a quedar sujeto al juicio de quienes lo “observen” (de quienes lo “consuman”). De ahí lo de Gran Hermano; no sabemos si, dentro de mil años, alguien que no llegaremos a conocer será el receptor de nuestro trabajo, y si por él seremos ridiculizados, adorados, temidos, soñados… respetados o rechazados. Y ya nos empequeñecemos delante de una cámara de fotos, y sobretodo del teleobjetivo del camarógrafo de nuestra cadena de televisión local, como para no reconocer que tememos y adoramos al mismo tiempo lo que hay detrás del subterfugio donde moran nuestros futuros jueces.

Y ese Gran Hermano lo abarca todo, a todos. Incluso, gran parte de ese “observador enmascarado” es inventiva nuestra. Más de la mitad de lo que especulemos sobre él, no existe. Para que nos entendamos, hablo del mismo Gran Hermano que imaginan los que andan la calle con pintas estrafalarias creyendo que están siendo la bomba. Y aún tiene, ese observador omnipresente, más poder del que podamos imaginar, y seguramente del que realmente tiene, porque soy testigo de presentadores de televisión verdaderamente infumables en su vida cotidiana (hablo de mal humor y prepotencia) que luego se desviven en su programa de simpatías y florituras de happy-boy que solo tienen el fin de alcanzar la admiración de su Gran Hermano particular, a fin de cuentas, a favor de quien necesita de todos los demás más de lo que los demás necesitan de él.

…Ya imaginamos la ingente cantidad de variables posibles para con los receptores del contenido de nuestras obras. Nacionalidades, culturas, personalidades… Es impredecible. Y, para algunos, realmente agotador, para esos ilusos que crean que pueden llegar a contentar a todos sus fantasmas. Es un poco ley de vida. Hacemos, y esperamos la respuesta. Ya seas un mierda de videos basura o un gran escritor, la incertidumbre de tus observadores está ahí, observándote.

…A saber si Dios escribió La Biblia con esas aspiraciones e inquietudes, con esas ganas de saberse sabido y amado… y, cuando no le hicieron mucho caso, tuvo que darle a los tobillos de alguien para que nos acordemos de que todavía puede haber un mundo mejor.

jueves, 26 de febrero de 2015

Taller Literario (artículo nº 12) Creadores versus consumidores




En este mundo que nos toca hay toda suerte de especies humanas. Afortunadamente…

En el plano que me ataña, se distinguen dos grandes grupos que podría calificar de creadores y consumidores (de lo creado, se entiende). Obviamente, entrar en absurdos de si mejores o peores no tiene cabida. Son, y eso es suficiente. Eso sí, cada cual tiene su finalidad en un mundo social. Quizá, unos disparatan lo que sucede y otros contienen lo sucedido. Quizá podría calificarse así. En tal caso, parece que siguiendo este derrotero tenemos que empezar a hablar de cultura estancada o cultura dinámica (y no estoy llamando ignorante a nadie).

Las culturas estancadas no tienen ideas. Eso sí, suelen tener un profundo ideario, seguramente difícilmente removible.

Las culturas dinámicas son otra cosa, y eso cambia el mundo. Para bien o para mal ya sería hablar de otra cosa, pero aquí voy a referirse solo a las ideas de tipo creativo.

He observado a la gente y veo que, por solitario, algunas personas sueñan (o desvarían) mucho más que otras. Del lado menos “evolutivo”, algunas otras necesitan desesperadamente (a menudo calmosamente) entretenimientos ajenos para sintetizar una parte de su existencia. En esto podríamos hablar… por ejemplo, de cierta parte de los seguidores del fútbol que, obviamente, no tienen la física elemental para jugar ese deporte pero se desviven por él. Otras personas requieren de los chimes de la tele para tener vida privada, unos tantos viven vidas preprogramadas en el gen cultural que les toca y se apiñan en hordas familiares a punta de bayoneta del qué dirán, mientras sumamos a todo ello a quienes no tendrían la suficiente visión como para pensar otra manera de prepararse un bocadillo de salchichas… pero claro, alguien tuvo que inventar el perrito caliente.

Sí, hay gente con chinches en la cabeza. Y quizá no es la suya una especie cuantitativamente dominante, pero sí que es cierto que ésta va moldeando la sociedad con la misma cadencia con la que el mar esculpe un acantilado: lenta, pero indefinidamente.

Y, ¿cómo sabes si eres una de estas personas?

Pues… no solo abarcas los problemas e inquietudes de hombres y mujeres. Vas un paso más allá. Sospechas la dimensión del universo y quisieras poder abarcarla, te gustaría comprar entradas para El Coliseo dos mil años atrás, subirte al último prototipo de avión supersónico… y haberlo dibujado en la mesa de planos, o en una servilleta. Qué sé yo… tomar un café con un extraterrestre, y hasta que el café lo traiga él de su propio planeta.

Lo cierto es que todo esto que nos rodea no existía antes. Todo lo ha pensado alguien.

Aleluya.

Y ahora, ya por mojarme de una vez y apuntarme a uno de esos dos grupos (creadores versus consumidores), ya de niños mis hermanos y yo nos inventábamos nuestros propios juegos de tablero porque el panorama al respecto se nos quedaba corto y no era plan de esperar una noche de reyes tras otra. De ahí saltábamos a los cómics, y hasta hicimos películas. Siempre algo… siempre desvariando. Quizá musarañas, pero por algo se empieza.

…Hoy veo que los críos necesitan, casi como única opción para el entretenimiento, de las soluciones ya rodadas de un videojuego. Y no voy a criticar el material virtual porque son parte del proceso cultural de nuestro mundo, y aquí no hay peros, solo que añado que tengo la impotente sensación de que nuestros hijos se aburren una barbaridad si no disponen de una pantalla entre manos. Aún mis críos se emocionan cuando les invento un juego al papel, porque a ellos les llega el momento (muy pronto) de que si les resto pantalla y los dejo a otros albedríos, al cabo me dan vueltas y no se les ocurre nada “para consumir”.

Entretanto, la especie de los creativos mueve la rodadura cultural y llenan las ambiciones de quienes no lo tienen tan fácil a la hora de sacar sustancia donde antes solo hubo vacío. Y así siguen brincando mis hijos, cuando les enseño a jugar con mis charlatanerías juntando piezas del Monopoly con el ajedrez, y todo lo que haya a mano en casa para reinventar lo que otros ya pensaron. Es muy emocionante ver sus expresiones.

…Y aquí, y ahora, desvelo sin más titubeos uno de los secretos del combustible humano que mueve a los creadores a la hora de desenrollar sus meollos. Porque muchos se van a acordar, de anticipado, de la gran industria del entretenimiento, la que suena a dólares y a manipulación de masas a la hora de definirles las preferencias, y que igual nos mata que nos resucita a Superman vistas a la recaudación. Una cosa por la otra, y yo digo que eso pasa a un estrato relativo cuando cito que a muchos soñadores nos mueve una ansiedad desesperante de compartir lo creado, de beneficiarnos mutuamente con los no creadores en una simbiosis casi perfecta de entrega y recibo.

Qué duda cabe el ya revelado factor económico. Habría que ser un hipócrita para no citarlo (sobretodo si nos olvidamos de los malditos billetes y nos acordamos de cuánto nos apaleó la última factura del taller). Sin embargo, ya he dicho que los creadores somos charlatanes del todo y de la nada, y que una forma de “cobrar” por nuestro trabajo es recibir la aceptación de quienes consumen nuestras cosas. Y esto no es demagógico, es pura necesidad de creador. Habrá quien pueda ganar dinero con su basura preconcebida y duerme a pierna suelta, pero otros somos los que quisiéramos vivir una realidad algo más honorable y vivir de nuestras ilusiones empachando de aceptación a los demás.

…Seguramente sería mucho más difícil encontrar ese tipo de satisfacción si todo el mundo fuese creativo. Hay diligencias narcisistas entre colegas que llaman justamente a arrumbar la competencia… y son precisamente los que “no saben”, ese tipo de gente a la que se puede sorprender con lo creado. De buena fe. Me muero de enseñar a jugar a mis hijos porque me sorprende la facilidad con que “me aceptan”, y es obvio que no pretendo que ellos me compren nada. Del otro lado, la aceptación del público no tiene precio (aunque el material cultural se pague) y así entramos en una dinámica maravillosa en la que, al final, pasa que cuando alguien va al cine a ver una película, al tanto que no se le está vendiendo tanto ocio como acaso él está comprando cultura. Es… como ir a clase, más o menos, sobretodo si la película es histórica. Casi como pagar unas clases de inglés.

Pasado al papel esto es exactamente lo mismo, y si lo llevamos a la vida cotidiana pura y dura, por fortuna hubo alguien creativo/curioso que inventó un microscopio para curiosear el mundo diminuto, alcanzando de paso cotas más que beneficiosas para la salud de todos a la hora de ponernos en bandeja tantos porqués. En otros planos, alguien dejó de pensar como el resto y propuso que los niños no debían trabajar o que los animales sienten el mismo dolor que nosotros, y aquí entramos en la llamada cultura dinámica, llena de creadores del todo y de la nada que, poco a poco, van cambiando el mundo tan legítimamente como el mono aquel que un día usó una piedra para cascar unas nueces… y que, visto lo visto, los que le observaban no solo terminaron aprendiendo que ellos también podían cascas nueces… sino que pequeñas cosas, pequeñas ideas, cambian definitivamente un mundo entero.

domingo, 15 de febrero de 2015

Taller Literario (artículo nº 11) Cincuenta sombras de Grey


San Valentín erótico
 


No recuerdo una ocasión semejante para el desboque de pareja, que este San Valentín superlativo y extramotivado por un título literario, reconvertido ahora en una película que promete grandes pasiones… y decepciones.

Y nunca un libro “que sugiere” se convirtió de forma tan tajante en un auténtico manual de prácticas de pareja. Tanto así, que esta historia, Cincuenta sombras de Grey, ha debido de remover no solo el mercado de la superchería erótica, sino el de los somieres de medio mundo. Incluso algún aprieto a lo que se antoja un marido común y corriente que ahora debe vérselas de ataduras y antifaces donde antes solo hubo apagón y meneo.

Del mismo tirón, aquí estamos los mediocres sin fortuna tirando de MetaTags al caso para comer cuota de mercado de todo lo que no hemos escrito, y encima a la sazón de lo que las lectoras y lectores de este espécimen quieren devorar de todos los medios, desde el impreso al digital. Parece un todo que ha conseguido infectar a las masas de ese virus natural que llevamos dentro las personas, que no es otra cosa que la picardía sexual.

Bienvenido sea, desde luego. Del otro lado queda la práctica unanimidad de los blogueros de calificar la obra de mediocremente escrita. Ojos en blanco y sonrojeces a tutiplén, cejas con vida propia, un labio propio a prueba de masticaduras… Haber inventado algún que otro recurso, fuera de la diosa que hay en mí… A esta condición, solo achacar que haber introducido un medio de expresión más elaborado y sorpresivo al lector, cogerlo despistado y no “familiarizado” con lo que ya está leyendo, hubiera supuesto seguramente haber multiplicado por dos las sensaciones que transmite el libro, que son muchas; he leído u oído de viva voz de muchos y muchas que se lo leyeron en una madrugada, prácticamente, fortuna que luego fue menguando con el hartazgo de una historia que, según dicen, fue perdiendo fuelle en las otras dos entregas.

Nos pique o no al resto la sana e insana envidia que esto provoca, 50 sombras “ha jodido” el mercado con esa fórmula secreta que parece tirar de ansiedades más que de modas. He leído prácticamente la mitad del primer libro (no necesité más), y no sé realmente qué es lo que ofrece… pero sí sé qué es lo que extrae el lector de sus páginas. Y con mi relativa “chulería” de no necesitar de este documento casi de sección de autoayuda (que seguramente un algo o un mucho podría aprender), no quiero decir que tenga superadas todas las facetas humanas de dormitorio, sino que se huele de los malpensados que quizá el volumen tire del desencanto social de cierto cincuenta por ciento de cada pareja para ensoñar esa fantasía que los decepcionados buscan hasta en las musarañas. Porque, si todo el mundo estuviera sexualmente en su sitio y ya saciado, esto solo sería regodeo y redundancia (gula sexual) de algo que está más que superado. En resumen, no hubiera vendido tanto.

Todo esto desde la grada, claro está. Los que no estamos enganchados a él, presuponemos ese eslogan de porno de amas de casa que tanto se ha explotado para referir este título, mientras que algo más habrá cuando este ejemplar toma caracteres de compostura bíblica para algunos, como libro sagrado, y noto que quienes lo critican en círculos sociales y reuniones de amigos se encuentran una oposición de fieles muy activos y hasta guerrilleros. Se les estará tocando las ilusiones, quizá, o, lo que es peor aún, el entre y bajo carnal.

Pero, ¿y si la historia no es esa? ¿Y si esto no es solo sexo?

…Espero que no sea la iniciación de una chica inocente, seguramente tirando a estúpida, que termina siendo maniatada de su identidad y llevada de la sumisión divertida (la de la cama) a la de la opresión que hoy, ya enseñaditos como estamos (y hasta hartos), llamamos pre-violencia de género. Porque, del otro lado, espero que asimismo no sea que hay en sus páginas todo un prettywomaniano y joven de corbata y negocios, en este caso no tan formal y hasta insoportable (lo que los de mi quinta llamábamos fantasma y ahora se tilda de postureo), con manía persecutoria y, lo dicho, el acto y el germen de esos controladores celosos que llevan la infelicidad a tantas parejas desequilibradas precisamente por los desequilibrios de un desequilibrado (y aquí es más que obvio que no me refiero a las tendencias sexuales, claro está, pues para mi, éstas u otras, no son nada criticables).

Y ojalá, y lo digo en serio, que el tirón no se deba (al menos para la autoridad femenina) a la todavía pleitesía y adoración de un varón en una escala social superior al de la pretendienta y la consecuente abrumación por un despliegue económico que antes era de cuento de hadas, pero que hoy día se enfrenta a las ansias de la mujer actual por poseer y desplegar sus propios recursos. Es decir, no creo que el hombre sueñe de una mujer con millones y directora de una gran corporación (rascacielos incluido) …pero, claro, del otro lado, en la derrota romántica estamos ya hasta quemados de que la imagen más confusamente atractiva de un guapetón de cine sea verlo arreglar el carburador de su coche, descuidado de primeras barbas, en camisilla y sudado… a cuenta de que, al hombre, seguramente le cueste más encontrar ese amor a primera vista si se topa a la mujer desarreglada de mañanas, en bata, con rulos y encima fregando los platos.

Somos diferentes, eso está claro, y puede que me cueste encontrar los motivos que han arrancado tantas y tantas entrañas. Lo que quiera que sea, supone seguramente que la gente ha sacado más de sus páginas que sus productores los petrodólares, ahora que el género se sale de la lógica y se parodia a sí mismo en la desconcertante colección de ruborizantes imitadores.

Como quiera que sea, no somos correctores ortográficos o voluntarios de asilo, y leemos aquello que nos identifica o intriga. En ello es obvio que el lector de este libro no buscó la forma, sino el contenido. Sean o no sosas las escenas de cama (sean incluso inocentes), el principio humano al respecto solo objetó una necesidad para desbocar del mercado lo que quiso, arrancándolo de las librerías en un período de celo que ya quisieran para sí muchas especies.

Y así concluyo, fuera de generosas y confusas explicaciones de los sociólogos sobre el fenómeno, y es que… bah, seguro que es solo sexo. ¿Qué mayor motivo para mover el mundo? sabido ya que el sexo siempre ha sido uno de sus más activos engranajes.

jueves, 12 de febrero de 2015

Taller Literario (artículo nº 10) La imagen y el origen del autor

 
 La imagen y el origen del autor





Afortunadamente, no solo ha cambiado la eterna imagen del autor, sino sus orígenes.

Supongo que ambas cosas están íntimamente ligadas, si bien ahora parece sospechoso que cierta gente que aparentemente no sabe de letras se esté comiendo el mercado.

Bah, no creo que ni los entendidos entiendan de letras. Imagino que, a veces con motivos, señalarán que el mercado no sabe realmente lo que consume y, estos viejos hacedores de la literatura, se frotarán los ojos viendo que, hoy día, trasciende (y de qué manera) que haya “amas de casa” escribiendo (y triunfando… y a qué nivel… y no me cansaré de decirlo) para vender cantidades sobrecogedoras de sus trabajos mientras que la forma de hacer libro de toda la vida, la de autores “de carrera”, se vaya apagando poco a poco.

Obviamente, y seguramente me repito, habrá quien pueda justificarlo alegando que el lector tipo actual es tan dependiente de las campañas de marketing, trata de un intelectual tan limitado, que hoy día puede venderse cualquier cosa. Y no añadiré de mi puño y letra (aunque así lo escriba) lo que opinan muchos de estos nuevos lectores, sobretodo los más jóvenes: del otro lado, gracias a la “carne fresca” la literatura no tiene que ceñirse a algunos verdaderos bodrios de antaño (que nadie se escandalice, dicen algunos, no todos).

Pues… ¿saben una cosa? me alegro mucho. La literatura está hoy día mucho más democratizada que antes. Nunca fue exclusiva de nadie, desde luego, pero, si ya cité en algún artículo anterior que nunca hubo tanta gente escribiendo como ahora, los “intrusos” al caso son los que se están comiendo el pastel. Legítimamente o no es otro cantar, y, antes de marear al lector de este texto con p´lantes y p´atrás de este tipo, me mojo diciendo que al fin ya hay literatura para todos los niveles, que quizá era de lo que siempre cojeaba el mercado cara a hacerlo atractivo a las masas.

¿Hablamos, pues, de un mercado realmente poco exigente con lo que consume?

No lo sé. La cultura y el conocimiento nunca han estado tan a la mano de la gente de a pie, y nunca hubo semejante volumen de gente estudiada… por lo que, en teoría, el lector actual debería saber lo que elige para leer. …Otra cosa es que este lector sea maliciosamente intencionado con tretas absolutamente desligadas de la literatura en sí. En este particular aparece la imagen del autor, que a menudo tiene tanto más que ver con lo que escribe que las portadas de cubierta de sus trabajos.

…Ya conocemos a los viejos dinosaurios. Muchos los han temido, en especial, durante el bachillerato. Y aún quedan, sobrios y malhumorados por naturaleza, para hacernos saber de un mero vistazo a sus caras que su literatura tiene la usanza de las verdaderas raíces de lo que es escribir. Incluso, así la especie ya podemos adivinar el género y el manejo de lo que nos espera al leer sobre las Fortunatas y Jacintas de estos caballeros.

También estamos al día de que boinas, bufandas y gafas de hueso (algo de moda actual de Pub y tapas, museo y jazz) merecen el aspecto bohemio necesario para que talentos de mediana edad supongan un texto enriquecido de temas de hoy, entre tendencias y acción en ciudades de estilo. Piercings, “tatus”, extravagantes y “otros rollos” suponen, quizá, un soplo de aire fresco sobre más de lo mismo. Esto último, teniendo, a mi parecer, un exponente digno de mención en Donna Tartt, una escritora estadounidense, mujer vestida de corbata y pelo corto, que envuelve sus obras de una atmósfera de secretismo, rareza y exclusividad, y de una puesta en escena seguramente mucho más trabajada que, al menos, la última de sus obras. Doy fe.

Y, claro está, ahora mismo rompe moldes (y lo digo con todos los respetos de un trabajo bien sufrido) la imagen fresca y natural de esas “amas de casa” que para acreditarse no necesitan posar con inquietudes intelectuales, con esa mano en la barbilla que haga entender que el autor que acabas de comprar tiene algo muy repensado entre manos, algo muy profundo… que sabe lo que hace y que, por descontado, es más listo que tú.

…Los autores de libros infantiles tienen que ser bonachones. Parece lógico. No colarían ni un Umbral ni un Cela escribiendo sobre princesitas (al menos no de las apropiadas), teniendo en cuenta la celosa custodia sobre psicología de los padres al uso de la tesitura de elegir lo mejor para sus críos. Uno de novelas de terror debe dar miedo… Si la mujer escribe “liberalidades”, que parezca cachonda… o muy seria y elegante, que el mundo sofisticado también se alimenta de las “salvajadas” más humanas.

…De famosillos (no famosos) ni hablamos porque, aunque lo suyo no deja de ser algún grado de literatura (si es que la letra fue escrita por quien se vende… que no por quien se debe), ya podemos presuponer que esto no es gen literario, a sabiendas que en este caso los huevos fueron antes que la gallina.

Como quiera que sea, el lector es soberano y ya podemos especular todo lo que se quiera sobre cuánto de novelista tiene realmente un autor, como cuánto de producto se esconde en su trabajo y en sus pintas, que son el complemento ideal para vender por los ojos del cliente antes incluso de que éstos pasen a las páginas. Otro tanto, y para enredar con más variables esta trama, serían la trayectoria y la fidelidad de los incondicionales (sirva o no sirva ya como valor literario lo que se adquiere) de modas al uso, ideologías y otras maquinaciones a menudo tan superficiales. Al tanto, leer se vende casi tanto como se lee, y es más que probable que un libro de aspecto soso, y de un autor con una pinta que nos genere rechazo, quede acumulando polvo en el expositor de la librería mientras los que ven mundo son esas creaciones vendidas como pavorreales.   

¿La solución? Pues… un estudio de imagen en los términos y condiciones empresariales con los que se globaliza lo más posible este mundo, dentro de sus muchas diferencias, y ya restar y sumar sobre dividendos lo que la calidad literaria del autor no puede ganarse a pulso. ¿Denigrante? Puede… pero es ley: según dicen, vale más una imagen que mil palabras.

 

 

miércoles, 28 de enero de 2015

Taller Literario (artículo nº 8) Errores de contenido


Errores de contenido

 


Ya sabemos que una historia puede contarse de mil maneras distintas. Esto quiere decir que podemos contar lo mismo dos veces, pero que podemos variar el recurso constructivo de nuestra novela para enfocar de distinta manera esa misma trama y disponer así de dos novelas plenamente legítimas. Es decir, podemos contar el descubrimiento de América desde la personalidad de Cristóbal Colón, a través de su tripulación, desde el punto de vista de un polizón que ni siquiera la historia ha descubierto todavía… y hasta desde la perspectiva de los ociosos moradores de una nave extraterrestre que siguen con mofa y sorpresa las moralejas de los pasos de La Humanidad.

Eso no se toca. Es legitimidad de autor.

Luego está el estilo del novelista. Sencillo, farragoso, retorcido, vulgar, culto o cultísimo hasta aburrir… Este terreno es un poco más pantanoso, porque si bien la perspectiva con la que enfocamos la historia dice mucho del escritor, ya su calidad literaria depende directamente de cómo salga él solito de este mismo atolladero.

Hasta ahí, espero, nos ubicamos en el territorio de los gustos literarios de cada cual. No somos todos la misma pieza humana, por lo que lo que a unos nos gusta a otros nos horroriza (La Pinta, La Niña y La Santa María vistas desde el espacio… menuda estupidez). Con esto, queda claro que toda obra posee un margen de “acierto” y otro margen de “error”; 50% para cada vertiente (respecto a éxito o fracaso) es más que aceptable. A medio mundo le gustará tu estilo, y a la otra mitad le parecerá pésimo. Conseguir esto mismo es un buen balance y ya sabemos de novelas “insoportables” (la saga Crepúsculo, por ejemplo) que son grandes trabajos, y obras magníficas (Harry Potter) que se saltan todas las expectativas para casi conseguir la unanimidad.

Ahora bien, todo esto que queda atrás en estos primeros párrafos de este artículo, desde luego, son conceptos básicos literarios que se pueden discutir, pero que forman parte de lo correcto en toda novela; no porque no nos guste un libro quiere decir que sea papel mojado. Por tanto, el autor no falla, sino que disentimos con él… o con sus métodos, mejor dicho.

…Hasta aquí, todo consecuente. Lo que viene ahora forma ya parte de un fracaso del que el autor no puede escapar. No hay excusa, y es cuando el que escribe debe entonar el mea culpa y sacar su lado más humilde. Hablo, ni más ni menos, que de los errores de veracidad en una novela. Porque hay datos que no son propios ni del autor ni de su propia perspectiva, sino que forman parte de una barrera indestructible que no admite alteraciones.

Y por primera vez, y para ilustrar este artículo, voy a hacer algo para lo que no me siento legítimamente formado/reconocido como autor, que es usar la novela de otro escritor para dar nota de ejemplo de este tipo de falla. Y lo hago así porque, hasta que otro escritor o crítico encuentre en mis escritos un error del mismo calibre (que podría haberlo/s), tendré que “conformarme” con hacer referencia al autor Juan Manuel de Prada y su novela La Vida Invisible.

Hombre... “haberlos”… Haría falta mucho para igualar un error de la talla que voy a citar. En cuestión, en la novela se habla del magnicidio de John F. Kennedy en la ciudad de Dallas. Todos hemos visto esas imágenes; Kennedy y su esposa, Jacqueline, en un descapotable propicio para este tipo de brutal atentado. Hemos visto los tiros, la desesperación, La Historia en toda su magnitud… Pues bien, el señor Juan Manuel de Prada comete un error insostenible que los autores debemos eludir a toda costa, y es el de añadir detalles puntuales de un hecho más que contrastado cuando ocurre que no está seguro de que sean ciertos. Igual al autor le parecen todos los autos iguales (razón de más para evitar entrar en detalles), pero, en tal caso, hubiese salido al paso con, simplemente, citar que el señor Kennedy fue asesinado cuando viajaba en una limusina descapotable… pero, ¿¡en un Rolls Royce!?

En mi haber puedo no entender de moda, pero no me atrevería a escribir de Prada donde va un Louis Vuitton. Tampoco puedo decir que los taxis de Manhattan son verdes, o que el Golden Gate está en Los Ángeles; todo esto entraría en una historia de evidente corte alternativo a la realidad. Pero, si nos ceñimos a ella, en torno al coche de Kennedy hay una indestructible cohesión entre el personaje y el automóvil que lo acogió morir. Y no es un Rolls… es un Lincoln. Y es el Lincoln de Kennedy. De hecho, en los anuncios de coches de segunda mano, evidentemente en la rama del auto de colección, suele acompañarse la palabra Lincoln de la de Kennedy (the car of Kennedy, o algo así). Citar lo contrario sería como decir que el avión del presidente de Los Estados Unidos es un Airbus (cuando es un Boeing) o que Apple vende aspiradoras (quizá… tiempo al tiempo).

Lo que sí está claro es que, partiendo desde la premisa de que ningún presidente americano ha usado nunca como coche presidencial un auto extranjero (que para eso su industria de lujo está más que servida), esta cita tan arriesgada en el libro de este autor es un desliz enorme, máxime teniendo en cuenta que la novela contó con un curtido equipo humano que la desvistió una y otra vez en sus entresijos antes de ganar El Premio Primavera de Novela.

Esto, queridos autores, puede soslayarse. Así como hay mil maneras de contar la misma historia, hay mil maneras de pasar por alto detalles más que discutibles (y hasta vergonzosamente erróneos) siendo igualmente precisos en la historia. Sabemos que el auto era negro, enorme, descapotable… A menudo sobra decir más.

 

“…Y el presidente Kennedy, entre una nube de confeti, cruzaba en su Toyota Prius descapotable la avenida Roosevelt de Chicago cuando, de repente, se oyó un disparo. Luego otro, y un tercero, y entonces todo el mundo supo que La Historia había sufrido un nuevo revés con el bramido inconforme e inconfundible de las balas de un Kaláshnikov.”